Cada uno ve lo que busca ver

 

Esta es la forma en que aprecia todo un hombre sano e íntegro en lo moral y lo espiritual.

Traducción y adaptación: Jose David Menchu

Un niño no notará que está desnudo, mientras conserve su inocencia. Sólo después de perder esa candidez empezará a cubrirse el cuerpo con sus manitas. Esto es el resultado del pecado. Una vez se ha perdido la inocencia, se produce un vacío interior que se refleja también afuera.

Un hombre espiritual, vea lo que vea, no le importará su aspecto exterior. No le interesará si ve a alguien vestido elegantemente. El pecador, en cambio, mientras más bellamente se vista una mujer, más desvestida la verá y más atractiva le parecerá para el pecado. A un hombre maduro —desde un punto de vista espiritual, de la fe—, sano psíquicamente, no le interesará si quien tiene enfrente está vestido o desnudo, porque será incapaz de ver la parte negativa. Y es que el cuerpo humano es hermoso de cualquier manera. Solamente en nuestro estado actual, uno de decadencia moral, nos sentimos tentados al pecado cuando vemos un cuerpo desnudo.

Por eso, viendo que Adán había caído en un estado de inmoralidad, Dios lo vistió. El mismo Dios, dice la Escritura, le dio una vestimenta, lo vistió. Porque en el estado en el que nos encontramos, de pecadores, es necesario cubrirnos, de lo contrario perderíamos el juicio. Pero, un hombre santo, uno con un excelso estado de vida espiritual, no verá nada de más, porque no le interesa la persona en sí. Lo que le interesa es enaltecer a Dios por medio de esa criatura, su semejante. Por esto es que se admira cuando ve a otro como él.

Un asceta, quien desde niño vivió en el desierto, dijo lo siguiente: “Cuando veo una flor... (no olvidemos que el asceta está obligado a no impresionarse ni entusiasmarse con nada de este mundo, viéndolo todo como banal, por ser efímero). Bien, el asceta dijo: “Cuando veo una flor, me asombro y mi alma se enaltece, exaltando a Dios por haber creado semejante prodigio. Cuando oigo una bella melodía, me asombro y mi alma se eleva y alabo a Dios. Cuando veo a una mujer, a una muchacha bella, me asombro, mi alma se eleva y glorifico a Dios por haber hecho a esta admirable criatura”.

Esta es la forma en que aprecia todo un hombre sano e íntegro en lo moral y lo espiritual.

(Traducido de: Arhiepiscopul Iustinian Chira, Convorbiri în amurg, Editura Dacia, Cluj-Napoca, 2006, pp. 149-150)