Cierra los oídos del alma a los susurros del enemigo

 

El maligno nos presenta la peor de las vilezas como si se tratara de algo insignificante: pecar, confiando en la misericordia divina.

Traducción y adaptación: Jose David Menchu

¿Caíste? ¡Levántate! Agradécele al Señor por ser tan misericordioso. que te recibe nuevamente a Su lado, rebosándote de Su Gracia, como ocurre en ciertos estados espirituales llenos de virtud, como después de orar con el corazón. Pero hay un peligro. Dios, que es todo bien,, otorga Su misericordia a cada pecador que se arrepiente. Sin embargo, el demonio, lleno de astucia, se aprovecha de la bondad de Dios para engañar al hombre y hacer que se extravíe, llevándolo a nuevas caídas. “¡No importa que hayas caído!”, le susurra. “No pasa nada. ¿Qué, no lo ves? Dios te ha dado nuevamente todo, gracia, piedad, amor... Luego, ¿tan malo es pecar? ¿Por qué no lo intentas otra vez? Luego podrás arrepentirte, que Dios te volverá a recibir...”.

¡Qué gran mentira, qué engaño tan terrible! Nos presenta la peor de las vilezas como si se tratara de algo insignificante: pecar, confiando en la misericordia divina. Desde luego que la misericordia de Dios es infinita, pero nuestro arrepentimiento no lo es, porque esas caídas contínuas llevan al alma a pecar constantemente y a dejarse arrastrar por la negligencia y la indiferencia.

(Traducido de: Sfântul Teofan Zăvorâtul, Călăuzire către viața duhovnicească, Editura Egumenița, p. 111)