¿Cómo salvarnos en este mundo?

 

El lugar no santifica a nadie y tampoco condena a nadie; son nuestros actos los que nos han de salvar o condenar.

Ningún lugar podría salvarnos, si no hacemos la voluntad de Dios. Y es que a cada uno lo salvará mantener la mente dirigida con buena disposición hacia Dios. Porque no podríamos obtener ningún beneficio de poseer un cargo distinguido, ni de permanecer en un lugar santo, si no cumplimos con los mandamientos de Dios. Porque ¿qué dignidad más alta pudo haber existido, que el Paraíso que Adán perdió por haber infringido los mandamientos de Dios? Y, al contrario, ¿qué hay más execrable que la miseria en la que Job supo realizar la voluntad de Dios, hasta ser premiado con el Paraíso? Recordemos también el caso de Saúl, quien, siendo rey y residiendo en lujosísimos palacios, perdió esta vida y fue incapaz de ganarse la otra. Lot, hallándose en Sodoma, en medio de un pueblo tan infame, obedeciendo a Dios alcanzó la salvación y recibió la corona de los santos. Y si alguno dijera que es imposible salvarse en este mundo, por tener esposa e hijos, se engaña torpemente, porque Dios nos recibe en cualquier sitio, si le obedecemos. El lugar no santifica a nadie y tampoco condena a nadie; son nuestros actos los que nos han de salvar o condenar.

Así, aunque vivamos en el mundo, no perdamos la esperanza por culpa de nuestras faltas. Al contrario, corramos a Dios llenos de arrepentimiento y aprendamos a ser misericordiosos y caritativos con los pobres y necesitados. Porque fue para ellos que Dios nos confió los bienes que tenemos, ya que ninguno de nosotros nació poseyendo algo. Así, aprendamos a ser caritativos con buena disposición, porque lo que damos con nuestras manos es de gran beneficio para nuestra alma. Y, atención, evitemos tener testigos cuando hagamos algún bien. Empecemos con quienes tenemos más cerca de nosotros, nuestros propios familiares, y después ayudemos a los demás. Porque es una hipocresía ser caritativos con los demás, cuando nuestra propia familia carece de lo más elemental. Luego, ¿cómo decir que cuidamos de sus almas, cuando descuidamos sus necesidades materiales? ¿Cómo enseñarles el temor de Dios, cuando son acometidos por las necesidades más básicas? ¡Qué torpeza! ¡Qué maldad! No olvidemos que la Escritura dice: “Feliz de aquel que es misericordioso con las almas de sus siervos, mientras no deja a su propia familia en necesidad”? Porque si a unos entristecemos, mientras a otros ayudamos, el Señor nos dirá: “¡Falso, ciego de maldad, saca primero la viga de tu ojo, y entonces verás la miseria de tu hermano!”.

Así las cosas, seamos compasivos con quienes nos rodean y no descuidemos sus necesidades, para que también Dios sea misericordioso con nosotros.

(Traducido de: Mântuirea în lume, Editura Arhiepiscopiei Sucevei și Rădăuților, Suceava, 2005, pp. 3-5)