Cuando la enfermedad es salvadora

 

Sanar, hijo, no te será de ningún provecho, si en la vida futura te engulle el fuego del infierno...”

Traducción y adaptación: Jose David Menchu

Recién llegado a su celda, le trajeron otro enfermo al Piadoso Nifón. Se trataba de un hombre llamado Nikón.

Padre, estoy muy enfermo, mis extremidades están paralizadas... sufro mucho. He gastado mucho dinero en médicos y, como Usted puede ver, de nada me ha servido. Por favor, pídale a Dios que me sane.

Hijo, tu propia lengua y tu infamia son la causa de todo esto. No olvides lo ruin que fuiste durante mucho tiempo, que solías beber con desmesura, y lo mucho que te gustaba insultar y condenar a los demás. Después le prometiste a Dios que te harías un monje, pero no supiste respetar esa promesa. Al contrario, te alejaste tanto de ella, que volviste a caer en tus viejos vicios. Por todo eso, Dios, que tanto nos ama, te envió un pequeño castigo, esta parálisis. Si aprendes a soportarla sin lamentarte, con arrepentimiento y buscando el Sacramento de la Confesión, el Justo Juez se apiadará de ti el Día del Juicio. Sanar, hijo, no te será de ningún provecho, si en la vida futura te engulle el fuego del infierno. Porque veo que sobre tu cabeza está escrito “Muerte pronta”. ¡Que Dios te ayude!

¿Qué quiere decirme con ese “¡Dios te ayude!”, Padre?

Que Dios te ayude a que tu alma no se pierda. Porque parece que sigues padeciendo de las mismas pasiones. Luego, deja de juzgar a los demás, hijo. Yo anhelo que te salves, por eso quiero ayudarte a enmendarte.

Tiene razón, Padre. ¿Pero qué puedo hacer? Es necesario esforzarse mucho para poder renunciar a esos vicios... pero yo estoy débil y enfermo, en el cuerpo y en el alma.

¿Acaso no sabes que “el Reino de Dios es cosa que se conquista, y los más decididos son los que se adueñan de él?”. ¡Ora y ayuna! Te queda poco tiempo. ¡La muerte está cerca! Sin embargo, espero que la misericordia de Dios te otorge un buen paso a la otra vida. Debes saber, además, que las pasiones son demonios que no huyen sino con oración y ayuno, de acuerdo a las palabras del Señor. Entonces, ármate con estas armas... y vencerás.

Diciendo esto, se despidió de aquel hombre. Y éste, con la ayuda de Dios, hizo todo lo que le aconsejó el santo y, pocos días después, partió hacia el Cielo. Y el Señor, que tanto ama a la humanidad, aceptó su conversión con más agrado que el que le producen aquellos que envejecen en el esfuerzo.

(Traducido de: Viața și învățăturile Sfântului Ierarh Nifon, Editura Episcopiei Romanului și Hușilor, 1993, pp. 64-65)