¿Debemos temerle a la brujería?

 

Cristo está con nosotros. A lo que debemos temerle es a dejarnos engañar y tentar, a caer en las redes del astuto.

Traducción y adaptación: Jose David Menchu

A menudo he oído a varias personas mencionar la influencia maléfica de las brujerías y encantamientos, echándoles la culpa de todos sus fracasos, incluso de sus problemas médicos, sentimentales y sociales. Más allá de todas las tradiciones populares de nuestro país y a determinada terminología (popular también), muy rica en lo que respecta a hechizos, encantamientos y cosas semejantes, es bueno apelar a la enseñanza de los Santos Padres, para clarificar algunos aspectos que requieren ser explicados: ¿Existe la brujería? ¿Es correcto temerle a los hechizos? ¿Por qué hay personas que recurren a tales prácticas ocultas?

¿Por qué hay personas que apelan a la brujería?

La brujería existe, de esto no hay duda, aunque haya quien, en el mundo moderno, lo niegue con vehemencia. La misma presencia de un gran número de oraciones en los libros litúrgicos, con las cuales la Iglesia pide la misericordia de Dios para librar a los fieles de la acción e influencia de tales prácticas, es una prueba incontestable de la existencia de esas cosas. Sin embargo, es importante señalar, ya desde el principio, que la brujería, los encantamientos, etc., no son un efecto del fenómeno religioso, sino que es algo que apareció parasitariamente en la perifieria de la práctica de la fe, proveniendo algunas vcces de la imitación de algunas manifestaciones religiosas auténticas.

¿Por qué hay personas que recurren a esas prácticas? ¡Y muchas de esas personas se creen buenos cristianos! Quien solicita semejante clase de “servicios” desea controlar todo, incluso su propio futuro, o el de aquellos con quienes se relaciona. El deseo de poder, seguido de la ignorancia y la credulidad —“cualidades” que, con mucha diplomacia, Jean Vernette llama “incultura religiosa y analfabetismo espiritual”—, representan las principales causas de la utilización de la brujería. En la misma medida, el temor a la muerte puede ser otra causa de la orientación al mundo oculto. Por miedo a lo desconocido, el individuo busca, a toda costa, prolongar su tiempo de vida, para conservar su estado actual. Igualmente, la secularización lo arrastra a ciertas y tenebrosas prácticas mágicas, porque el alejamiento de Dios y la soledad dejan en el alma una enorme necesidad de lo sacro.

¿Qué dice la Iglesia Ortodoxa sobre la brujería?

Nuestra Santa Iglesia Ortodoxa considera la práctica de la brujería o acudir a quienes la practican, un pecado en contra del Espíritu Santo, porque el cristiano, apelando a tales cosas, se opone obcecadamente tanto a los mandamientos divinos como a la obra del Espíritu Santo. La Iglesia rechaza la brujería, incluso la llamada “magia blanca”, considerada por algunos como “benéfica”, porque todas esas prácticas ocultas le atribuyen al hombre y a las fuerzas naturales poderes que le pertenecen totalmente a Dios. Los Santos Padres también nos recuerdan que todos los encantamientos y hechizos se realizan con la invocación y el “aporte” del demonio, aunque a primera vista su propósito y efectos parezcan buenos. Pero ¿cómo podría el demonio —quien es el padre de la maldad y la mentira— ayudar a una familia separada? ¿Cómo podría sanar alguna enfermedad o ayudar al individuo en alguna situación límite de su vida, si hacer el bien es algo contrario a su propia esencia? Así pues, los demonios jamás podrían realizar milagros verdaderos, sino solamente, por medio de figuraciones y falsas representaciones, engañar a los débiles de fe y a los ávidos de dominio. La brujería no tiene nada en común con la auténtica fe cristiana. Ya desde el Antiguo Testamento vemos cómo era combatida: “No practiquéis encantamiento ni astrología. (...) No os dirijáis a los brujos ni a los que llaman a los espíritus; no los consultéis, haciéndoos impuros por su causa” (Levítico 19, 26 y 31). Por esta razón, la doctrina de la Iglesia condena con firmeza todas las desviaciones vinculadas a la brujería y a los hechiceros. La Didaché de los Doce Apóstoles precisa: “No practiques la magia o la hechicería. (...) No consultes a los agoreros pues eso lleva a la idolatría; ni hechiceros ni astrólogos, ni ocultistas, ni quieras contemplar tales cosas. De todas ellas se engendra la idolatría”. Los Santos Padres, a su vez, combatieron con severidad la práctica de la brujería. Así, San Justino el Mártir y Filósofo exhorta: “Estemos atentos, no sea que los demonios, a quienes acusamos de todos los males, nos terminen embaucando”. San Nicodemo el Hagiorita dice: “La brujería es algo destructor e impuro ante Dios (..). engendra en el alma el pecado más grande y asesino (...) y no ofrece ningún provecho al embrujado y encantado”.

Así es como entendemos por qué los cánones de la Iglesia condenan con firmeza las prácticas ocultas, condenando no solamente a quienes las realizan, sino también a sus beneficiarios. Por ejemplo, el Canon 61 del VI Concilio Ecuménico determina que quienes acudan a brujos o hechiceros, así como quienes “leen” la suerte, los adivinos, los que dicen que apartan las nubes y quienes confeccionan amuletos y talismanes, reciban un canon de penitencia de seis años, y si persisten en tales prácticas, que sean apartados de la Iglesia. Esto lo dice también San Basilio el Grande, en el Canon 83. Además, en los cánones 7, 65 y 72, San Basilio recomienda que dichas personas reciban la misma penitencia que los asesinos, considerándolas verdaderos asesinos de almas.

No le temamos a las brujerías, sino a los engaños del demonio

El demonio y todas sus artimañas no pueden disponer de nuestra vida. Y ya que las brujerías, los encantamientos y los hechizos se hacen invocando a las fuerzas del mal, tendrán efecto sobre nosotros, sólo si se lo permitimos. Muchas veces, con nuestra falta de fe y nuestras dudas, le ofrecemos un terreno propicio a la acción del mal para que nos afecte. Los buenos cristianos no deben olvidar que el demonio no fue creado por Dios y que no es más grande que el Creador del cielo y la tierra; luego, no tiene una fuerza ontológica. Si tuviéramos que responder a la pregunta: “¿Debemos temerle a la brujería?”, responderíamos: No le tememos, porque Cristo está con nosotros. A lo que debemos temerle es a dejarnos engañar y tentar, a caer en las redes del astuto. Por medio de la oración, la contrición, el ayuno, la oración pura, la asistencia a la iglesia, la confesión y la comunión de acuerdo a las disposiciones que conocemos, el temor al mal y a sus obras termina desvaneciéndose. Solamente de esta manera, fortalecidos espiritualmente, podremos repetir con San Pablo Apóstol: “¿Quién nos separará del amor de Cristo? Ni la muerte, ni la vida, ni los ángeles, ni los principados, ni lo presente, ni lo futuro, ni las potestades, ni la altura, ni la profundidad, ni alguna otra criatura podrá separarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús Señor nuestro” (Romanos 8, 38-39).

(Traducido de: Miride și merinde - publicată la Editura Doxologia)