El alimento del alma

 

La paciencia hizo que todos los santos alcanzaran la vida eterna. ¡Recuerda, cristiano, el objetivo que persigues! ¿Cuál? ¡La vida eterna!

Traducción y adaptación: Jose David Menchu

La Iglesia nos ofrece un verdadero alimento para nuestra alma: la Palabra de Dios. Los sacramentos, los oficios litúrgicos, las lecturas, los cánticos, todo eso alimenta nuestra mente y nuestro corazón. Asistamos, pues, con más frecuencia a la iglesia, para nutrir nuestra mente, nuestro corazón y nuestros labios con un alimento que no perece. En el mundo, nos alimentamos solamente con cosas perecederas: la vista, el oído, el olfato, el tacto, la mente, la memoria y la imaginación, todos nuestros sentidos se alimentan con cosas que luego se descomponen. En la Iglesia no hay nada perecedero: es eterna. La belleza, la dulzura, la gloria, la riqueza terrenal y todas las cosas del cuerpo, al contrario, sí que son perecederas, desaparecen. Además, son también engañosas, ilusorias, pecaminosas. Recuerda, cristiano: cuando luchas contra el pecado y el demonio, lo haces por la vida eterna. Es por ella que soportas las heridas, las aflicciones, las estrecheces, las ofensas, los tormentos, la pobreza. ¡Es por ella que realizas buenas acciones! ¡Tienes suficientes razones para esmerarte y ser paciente! La paciencia hizo que todos los santos alcanzaran la vida eterna. ¡Recuerda, cristiano, el objetivo que persigues! ¿Cuál? ¡La vida eterna!

(Traducido de: Ioan de Kronstadt, Liturghia – cerul pe pământ, Editura Deisis, Sibiu, 2002, p. 58)