El demonio es tanto un enemigo como un vengador

 

Lo que Dios quiere es hacer, de esa fuerza de castigo y del odio del maligno, un motivo para empujar a la virtud a aquellos que voluntariamente se han apartado de ella.

El demonio es tanto un enemigo como un vengador de Dios.

Es un enemigo, cuando por odio a Él nos muestra un aparente —pero perverso— amor, instándonos, por medio de las pasiones voluntarias de los placeres, a elegir las cosas de este mundo en vez de las que son eternas. Con esto, usurpando todo el deseo de nuestra alma, nos aparta del amor a Dios, volviéndonos enemigos del Creador.

Y es un vengador, cuando, revelando todo su odio hacia nosotros, que nos hemos convertido en deudores suyos por causa del pecado, pide que seamos castigados. Porque no hay nada que le deleite más, que ver al hombre siendo castigado. Permitiéndose esto y concibiendo uno tras otro los sufrimientos de las pasiones involuntarias, arremete, cual tormenta terrible, contra esos sobre los que ha adquirido, con el permiso de Dios, cierto poder, sin buscar con esto la forma de cumplir con un mandamiento divino, sino deseando satisfacer su odio contra nosotros. Lo que él quiere es que, bajo el enorme peso de los sufrimientos más dolorosos, el alma debilitada arranque de su interior la fuerza de la esperanza en Dios, haciendo de los sucesos desoladores que vienen a ella motivo para la incredulidad, en vez de la reflexión.

Dios, siendo bueno y queriendo extirpar de nosotros la semilla del pecado, es decir, el placer que separa la mente del amor a Él, le permite al maligno que traiga sobre nosotros tormentos y castigos. Con esto se seca el veneno de los placeres antiguos, a través de los tormentos del alma. Y, al mismo tiempo, adquirimos el rechazo a las cosas de este mundo, porque no nos provocan sino dolor. Así, lo que Dios quiere es hacer, de esa fuerza de castigo y del odio del maligno, un motivo para empujar a la virtud a aquellos que voluntariamente se han apartado de ella.

(Traducido de: Sfântul Maxim Mărturisitorul, Răspunsuri către Talasie, răspunsul 26, în Filocalia, vol. III, p. 104-105)