El peligro de las preocupaciones constantes

 

Cada vez que notemos que nuestra oración se ha interrumpido, empecemos nuevamente nuestra lucha mental, sin demorarnos.

Traducción y adaptación: Jose David Menchu

El peligro más grande (para el alma), provocado por las preocupaciones constantes, es olvidarse de Dios y descuidar la vida espiritual. Considero que tenemos la experiencia necesaria. Sería aterrador que se nos enfriara completamente la devoción espiritual, tal como tememos. Esto, en todo caso, no sería provocado por las preocupaciones terrenales, sino por nuestra propia dejadez. Y es que somos nosotros mismos quienes nos dejamos “enlodar”, con nuestros pensamientos, sentimientos, voluntad y preocupaciones terrenales.

¿Es posible sacar todo ese “lodo” del alma? ¡Claro que sí! Comenzando todas nuestras actividades con la oración, continuando con la esperanza y terminando con el agradecimiento. Así, cada una de nuestras acciones se verá ataviada con un atuendo espiritual, sin alejar del alma al Señor.

Además, cuando terminemos algo y antes de ocuparnos con cualquier otra cosa, apartemos de nuestra mente y corazón toda inquietud terrenal. Quedémonos solamente con Dios. Dirijámosle toda nuestra atención, todos nuestros pensamientos y todos nuestros sentimientos. Repitamos, si deseamos, algunos versiculos del salterio, de entre aquellos que más amemos.

Al trabajar, oremos con nuestra mente. Y cada vez que notemos que nuestra oración se ha interrumpido, empecemos nuevamente esa lucha mental, sin demorarnos. También es importante que aprendamos de los libros que nos hablan sobre la oración. De esta forma y fácilmente, nuestro anhelo se intensificará y seguirá el camino de Dios. Que esta sea nuestra principal preocupación. ¡Pidámosle al Señor que no nos falte el consuelo de la oración! No hay ningún acto humano que pueda ejecutarse sin esfuerzo. Lo mismo ocurre con lo celestial, que pide también mucho esfuerzo, pero sin cesar.

(Traducido de: Sfântul Teofan Zăvorâtul, Călăuzire către viața duhovnicească, Editura Egumenița, pp. 148-149)