El testamento espiritual de un hieromonje

 

Es el momento de que pongas en práctica todo lo que has escrito y enseñado a los demás. Porque no es grande ante Dios el que enseña, sino el que enseña y actúa. ¡Ese será llamado “grande” en el Reino de Dios! Amén.

¿Qué consejos espirituales puede darles a sus discípulos, quienes durante todos estos años han recibido sus guías y bendiciones?

—Que me recuerden en la Divina Liturgia mientras vivan y que críen hijos espirituales. ¡Que imiten lo bueno que puedan haber visto en mí y que me perdonen lo malo, para que también Dios les perdone en el Cielo!

¿Qué consejos tiene para aquellos que cuidan de Usted?

—Que sepan soportar mis defectos físicos, tal como yo he soportado sus debilidades espirituales. Siendo joven, a mí me tocó cuidar a un anciano monje y algunas veces le provocaba algún descontento o enojo. Pero después le pedía perdón y oraba a Dios, diciendo: “¡Señor, no te pido que me retribuyas aquí, sino en la eternidad!”. Lo mismo le digo al hermano que me ayuda en mi enfermedad, que en la vida eterna el Señor le recompensará por todo el amor y cuidado que me dedica a mí, que soy un pecador.

¿Le teme al momento en que venga la muerte a llevárselo?

—¡Cómo no temerle, si no soy más que un pecador! Porque también el Señor, cuando oró en el Jardín de Getsemaní, dijo: Mi alma está triste hasta la muerte”. ¡En mi vida he visto a muchos monjes y fieles morir, pero nunca vi a nadie reír cuando moría, porque ese momento es el momento!

¿Cuáles son las últimas palabras que le gustaría pronunciar al partir al lado de Cristo?

—En ese momento quisiera repetir la última oración del Santo Apóstol y Archidiácono Esteban: “¡Señor Jesús, recibe mi espíritu!” (Hechos 7, 59).

¿Qué enseñanza nos deja como testamento, padre, para seguir el camino a la salvación?

—Pongamos en práctica todo lo que predicamos y que todo lo que hagamos sea para glorificar a Dios y en provecho de nuestros semejantes, porque “el amor cubre una gran cantidad de pecados”. Este es el testamento de amor que dejo para todos mis hijos espirituales.

Finalmente, el padre Paisos le dijo a su discípulo más cercano:

—Padre Joanicio, es el momento de que pongas en práctica todo lo que has escrito y enseñado a los demás. Porque no es grande ante Dios el que enseña, sino el que enseña y actúa. ¡Ese será llamado “grande” en el Reino de Dios! Amén.

¡Señor, te pido que cuentes entre las legiones de Tus santos el alma de nuestro padre Paisos!

(Traducido de: Arhimandrit Ioanichie BălanPatericul românesc, Editura Mănăstirea Sihăstria, pp. 712 - 713)