Explicando lo que es la verdadera amistad

 

La amistad es nuestra apertura espiritual hacia todo el mundo, brotada del amor que Cristo nos ordenó practicar. En este sentido, el cristiano es amigo de todos... y de nadie.

No olvidemos que tenemos el poder de ofrecer nuestra amistad, pero nunca el de pedirla de los demás. Todo esto lo digo porque usualmente llegamos a considerar a nuestros amigos como nuestra propiedad, como un bien que nos pertenece. Así, por ejemplo, llegamos a creer que nuestro amigo no debería relacionarse con alguien con quien estamos enfadados, porque esa cercanía podría ser interpretada como una traición en toda regla. Esto nos lleva a pedirle cuentas por algunos de sus gestos o palabras, invocando motivos como: “Tú y yo tenemos que aclarar qué clase de relación tenemos” o “Entre amigos no existen los secretos”, etc. En otras palabras, hacemos contratos de amistad que implican libertades y restricciones, de acuerdo a nuestra forma de ser y a cómo hayamos sido educados. Tal clase de amistades se desbaratan cuando las “normas”, convenciones, o los supuestos “principios” que hemos establecido son vulnerados. Pero, este es el mismo modo que utilizan los narcotraficantes y malhechores para relacionarse.

Sin embargo, la amistad es algo más que lo mencionado. La amistad es nuestra apertura espiritual hacia todo el mundo, brotada del amor que Cristo nos ordenó practicar. En este sentido, el cristiano es amigo de todos... y de nadie. Es amigo de todos, porque es incapaz de despreciar a alguien. Y no es amigo de nadie, porque es incapaz de establecer preferencias entre las personas. San Arsenio el Grande decía: “Ama a todos y huye de todos”. Esta máxima la pueden aplicar sólo aquellos que tienen toda la fuerza de su alma dirigida a Cristo, juzgando a todos y a todo a través del prisma de Cristo, para Quien todo hombre es la plenitud de la humanidad, razón por la cual debe ser visto, como nos exhorta el Santo Apóstol Pablo, “como ese por quien Cristo murió”.

(Traducido de: Ierom. Savatie Baștovoi, A iubi însemnă a ierta, Editura Cathisma, p. 120-122)

 

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