Hasta un demonio puede verse sometido por la fuerza de la fe

 

¿Cómo podría haber dicho otra cosa? Suficiente tenía con mi anterior caída. Sabía que si esta vez declaraba otro oficio, efectivamente estaba renunciando a Cristo.

Defender la existencia de Dios o darlo a conocer, era algo muy difícil en aquellas circunstancias tan terribles. Pero hubo una situación en la que mi conciencia despertó. Me hallaba en una celda en el centro penitenciario de Aiud. Aquella era una cárcel muy antigua, en la que nuestros rumanos habían sufrido muchísimo, ya desde tiempos de Maria Teresa. Esta prisión había sido renovada y era utilizada por los políticos de esos tiempos “modernos” de nuestra historia. En su interior cabían unos dos mil setecientos reclusos y tenía forma como de una ”T”.

De cuando en cuando, las autoridades le preguntaban a cada detenido qué profesión tenía, y si les decías que eras sacerdote, se enfurecían y te trataban salvajemente. Te insultaban y te torturaban. Podías decir cualquier cosa, pero cuando escuchaban decir que eras sacerdote, te ponían un sinfín de trampas y ardides.

Así, un día se me acercó uno de los oficiales y me preguntó: “¿Cuál es tu oficio?”. Sabiendo lo que me esperaba si respondía la verdad, e intentando librarme de una serie de tormentos, respondí: “Agrigultor”. “¿Agricultor? ¡Mira que te doy una...!”. Y, para sorpresa mía, me arrojó contra la pared, con tanta fuerza que hasta sentí que me estallaban los pulmones. Realmente me tomó por sorpresa. Cuando esperas que te golpeen, te preparas... pero, si la toman contigo inesperadamente, es mucho más difícil hacer frente. Con todo, aún con el paso de los años me costó librarme del remordimiento de no haber tenido el coraje de decir la verdad.

Pero habría de venir el momento de resarcirme. Cierto día, todos los prisioneros de mi sector fueron llevados en formación al patio interior de la prisión. Éramos unos sesenta u ochenta hombres. Seguramente nos llevarían a trabajar a las minas o a construir alguna carretera o canal.

Como paréntesis, es importante señalar que, en aquellos años, en los países occidentales se empezó a conocer lo que ocurría con los presos políticos rumanos, en parte gracias a una estación de radio, “Europa Libre”. (...) Asi, en algunas partes de Occidente la gente comenzó a protestar contra el regimen rumano. Se sabía que había una política de exterminio de los presos políticos, así que los dirigentes (comunistas rumanos) decidieron llevarnos a varias partes a hacer trabajos forzosos.

Bien, cuando nos reunieron a todos en el centro de la prisión, la primera pregunta que nos hicieron fue: “¿Quién de ustedes todavía cree en Dios? ¿Quién sigue creyendo en esa estupidez?”.

Entonces sentí como una fuerte agitación interior. Sabía que ese era el momento, indiferentemente de lo que me pudiera ocurrir, aunque me enviaran de vuelta a la celda o a algún campo de trabajos forzosos. El regimen era distinto, ciertamente: los trabajos forzosos eran algo más sencillo, aunque en ambos lugares terminaban exterminándote.

Al escuchar la pregunta, salté. Yo me hallaba en la fila del fondo. Decidido, dí varios pasos al frente, apoyado por algunos de mis compañeros de prisión. Todos éramos como sombras; parecíamos espectros, de lo débiles que estábamos. Salí al frente. El que había preguntado me gritó: “¡Ven aquí”, mostrándome su costado izquierdo. “¿Quién más cree lo mismo que este?”. Solamente siete se quedaron en su lugar, seguramente los infiltrados que se hacían pasar por presos para después delatarnos. Recuerdo que me castigaron por nueve días y me mantuvieron con el conocido regimen de alimentación de aquel lugar: unos doscientos gramos de agua salada y un pedacito de pan de unos cien gramos, solamente por la noche. Cuando ese diabólico tratamiento finalizó, los demás me preguntaron: “¿Por qué dijiste que eras sacerdote?”.

¿Cómo podría haber dicho otra cosa? Suficiente tenía con mi anterior caída. Sabía que si esta vez declaraba otro oficio, efectivamente estaba renunciando a Cristo.

Quien dice la verdad puede que pierda hoy, pero ganará para siempre, porque nada se hace sin el conocimiento de Dios; en todo hay una prueba y una muestra de Su amor.

Cierto es que no logré reponerme completamente de todo eso, en lo psíquico, pero sé que redimí mi pecado anterior. No estoy diciendo que lo que hice fuera un acto de valentía por parte mía, sino que el resultado de esta acción fue que mi pecado fue suprimido. Dije: “Señor, perdóname. Había pecado y quise ofrendarme a Ti en ese momento de peligro”.

Todos se me quedaron viendo y hasta los guardianes y oficiales comenzaron a mostrarme un cierto respeto. Sí, seguían burlándose de mí, pero de una forma diferente. Así fue como logré rehabilitarme en aquellas condiciones de encarcelamiento.

Entonces entendí que hasta un demonio puede verse sometido por la fuerza de la fe.

(Traducido de: Pr. Justin Pârvu - Părintele Justin Pârvu și bogăția unei vieți dăruită lui Hristos, Vol. I, Editura Credința Strămoșească, Iași, 2006, pp. 104-107)