Justificando nuestro pecado

 

¡Hombre de Dios! ¿Esto te impide alcanzar la salvación? ¿Qué culpa tiene el pobre de Adán, o Eva?

Si el hombre no trabaja (para Dios), buscará siempre la forma de justificarse. “Fue el demonio quien me hizo pecar”, o “Adán es el culpable”, “La culpa es de Eva, no mía”. Cierta vez, un teólogo me preguntó lo siguiente:

¿Padre, cuál es nuestra responsabilidad, que ahora tenemos que sufrir tanto por culpa de Eva?

—¡Hombre de Dios! ¿Esto te impide alcanzar la salvación? ¿Qué culpa tiene el pobre de Adán, o Eva? ¡Cometieron un error, sí, y cuántos años estuvieron en el infierno, en tanto que para nosotros vino Cristo y nos hizo libres!

Si pecáis setenta veces siete, y os arrepentís, Yo os perdonaré” (Mateo 18, 20), dijo el Señor. Pecamos miles de veces y Cristo nos perdona, si nos arrepentimos con sinceridad. Luego, ¿cómo podríamos decir que Adán y Eva son los culpables? Y no sé si han notado que casi nadie utiliza el nombre de Eva. Pongámosle el nombre de Eva a alguna monja, o al menos el de Zoé (“vida”, en griego), si nos cuesta utilizar el nombre de Eva. Ella es nuestra madre, la del mundo entero, aunque nosotros ni queramos oir su nombre, despreciándola con esto. Pero es que, de hecho, la maldición de Dios fue para el demonio: “La serpiente era el más astuto de los animales” (Génesis 3, 1). El maligno entró en la serpiente para engañar al hombre. Pero todos la toman contra Eva, como si ella nos hubiera destruido, pensando que hubiéramos podido vivir muy bien en el Paraíso, si ella no hubiera vulnerado la ley. ¡Si Cristo nos dijera: “¡Por haber pecado una vez, os enviaré por siglos enteros al infierno!”, esperaría que alguien se pronunciara! Pero ¡qué desagradecidos somos!

(Traducido de: Cuviosul Paisie Aghioritul, Cuvinte duhovnicești. Volumul II. Trezvie duhovnicească, traducere de Ieroschimonah Ștefan Nuțescu, ediția a II-a, Editura Evanghelismos, București, 2011, pp. 390-391)

 

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