La fe y el misterio de la salvación

 

La clave de los misterios es la fe, y esto es lo que Cristo requirió de quienes le pedían Sus dones. En Su llamado a todos los hombres, Él pidió solamente fe, porque la fe trae consigo todo lo referente a la ley y la obediencia.

«En las tres partes que constituyen al hombre, es decir, en su interior, en su exterior y en lo que le rodea, se halla hábilmente atrincherado y muy bien armado el enemigo. Y no deja pasar la ocasión de reprimir al hombre y poner a prueba su fe. El acecho del demonio no respeta absolutamente nada, atacando, según las circunstancias, nuestras propias determinaciones. Sin embargo, su propósito más importante es golpear la fe y hacer del hombre un traidor y un descreído. Si lo consigue, es que ha dado un golpe mortal, porque está cercenando el fervor y el coraje, es decir, la cabeza, haciéndose, sin mayor esfuerzo, con el control de todo el cuerpo. Todo se hace por la fe, pero también todo depende de la fe. Si la fe titubea, todo lo demás sufre y la defensa del hombre se dispersa».

Cuando le pedimos que nos explicara por qué insistía tanto sobre la fe y de qué forma todo depende de ella, nos dijo:

«Antes de hablarles con mis propias palabras, quiero recordarles una de la Escritura:Abraham creyó en Dios y esto le fue contado como justicia” (Gálatas 3, 6). ¿Es que Abraham solamente creyó y no hizo nada más? Tantas fueron las pruebas que tuvo que enfrentar, como conocemos a partir de la Biblia, que a veces hasta resulta difícil de creer. Pero, no hubo nada que le agradara tanto a Dios, como su fe. “Creyó”, dice. Y, como sabemos bien, San Pablo utiliza muchas veces esa misma palabra. Desde luego, todas esas pruebas no pudieron con su fe. Sin embargo, para cuidar su fe de forma completa, a todo renunció y todo lo sacrificó. Precisamente esa fe fue el principio de todas sus obras. Nosotros creemos en Cristo, pero no solamente en Su grandeza divina y en los otros dogmas de nuestra fe, sino también en Sus mandamientos divinos. Los mandamientos en sí carecerían de valor, si no se cumplen en nombre de Aquel que los pronunció. ¿Es que no han existido, existen o volverán a existir actos de justicia en el mundo? ¿Quién ha obtenido algo por medio de ellos, si no los ha realizado en el nombre de Dios y solamente por Él? Así pues, no la realización de los mandamientos, sino la fe en Dios, por la cual el hombre se apresta a actuar, es honrada y coronada. Si Dios no necesita de nuestras bondades (Salmos 15, 2) y también el misterio de la salvación no se trata de un intercambio, sino de un don, ¿qué es lo que se toma en cuenta en las acciones humanas, sino la fe? Así pues, es justo atribuir a la fe la justificación de todos los santos (Romanos 5, 1), y no solamente a sus actos, porque también estos se realizan por medio de la fe. Creyendo al principio, comenzamos sometiéndonos a la voluntad de Cristo y, en la senda de esa obediencia a Él, “la palabra de Sus labios guardamos, por las sendas trazadas” (Salmos 16, 4), como dice David. El Señor, no obstante, nos previene: Así también vosotros, cuando hayáis hecho lo que se os haya ordenado, decid: Somos siervos inútiles; hemos hecho lo que debíamos hacer” (Lucas 17, 10). Y esto nos demuestra que la razón de la salvación no es la cantidad sino la calidad de nuestras obras, porque, de lo contrario, se trataría de un simple deber; se trata, pues, de la fe que el Mismo Señor elogia, al decir: “Bien, siervo bueno y fiel” (Mateo 25, 21). El anciano Marcos dice que el Señor recompensará precisamente la fe o la falta de fe de cada quien.

Tal como dije, empezamos con la fe y debido a ella viajamos por nuestro camino espiritual. El demonio, atacándonos y oponiéndosenos, intenta mostrarnos faltos de fe cuando el Juicio, para privarnos de la promesa: “Bien, siervo bueno y fiel”, y para llevarnos al lugar de tormento, en donde se hallan los incrédulos (Lucas 12, 46). La clave de los misterios es la fe, y esto es lo que Cristo requirió de quienes le pedían Sus dones. En Su llamado a todos los hombres, Él pidió solamente fe, porque la fe trae consigo todo lo referente a la ley y la obediencia. Cuando, con toda seriedad, pedían algún don de parte Suya, les respondía: “Si creen, todo es posible para el que cree” (Mateo 9, 23) A quienes recibían inmediatamente la respuesta a sus peticiones y necesidades, Él los elogiaba, diciendo: “Atrévete, hijo, tu fe te ha salvado” (Mateo 9, 22). De aquellos que venían preparados con una fe ferviente en Su grandeza divina, Él testimoniaba con asombro: Os aseguro que en Israel no he encontrado en nadie una fe tan grande” (Mateo 8, 10). Y en otra parte dice: “Viendo Jesús la fe de ellos, dijo al paralítico...” (Mateo 9, 2). Y, en general, toda la Santa Revelación confirma que el medio por el cual se conceden los carismas espirituales y se explican los misterios, es la misma fe.

Junto a la Gracia y la retribución divina, vienen también, indudablemente, tentaciones más grandes, de acuerdo a lo que afirman nuestros Padres. Es aquí en donde encaja aquel sapientísimo apotegma: “Asume para ti tu propia falta y espera la tentación hasta tu último aliento” (del anciano Antonio). “Por fuera, luchas, por dentro, temores” (II Corintios 7, 5): esta es la lucha del que se halla en la fase de combate».

(Traducido de: Monahul Iosif Vatopedinul, Cuviosul Iosif Isihastul, Editura Evanghelismos, București, 2009, p. 83)