La fuerza de la renuncia al mal

 

Con algunas palabras renunciamos a todo lo malo, a eso que Dios detesta. Estamos hablando, pues, no de dos o tres cosas malas, sino de todo el mal que Dios no soporta.

Traducción y adaptación: Jose David Menchu

La declaración que hacemos con el Santo Bautismo parece pequeña, pero, reflexionando sobre ella, entendemos que es realmente inmensa, y tres veces bienaventurado es aquel que sepa guardarla. Porque, con algunas palabras renunciamos a todo lo malo, a eso que Dios detesta. Estamos hablando, pues, no de dos o tres cosas malas, sino de todo el mal que Dios no soporta.

¿Qué es lo que decimos? “Renuncio a satanás y a todas sus obras”. ¿Qué obras? Atención: el desenfreno, el adulterio, la impureza, la mentira, el hurto, la envidia, los hechizos, la brujería, los encantamientos, la ira, la irascibilidad, la blasfemia, la enemistad, la riña, la embriaguez, la verborrea, el orgullo, la dejadez, la risa desproporcionada, los cánticos mundanos, el bullicio, el aborto, los hechizos con aves, el espiritismo, las supesticiones, la gula, el odio al hermano, la avaricia, los juegos de azar, etc. En pocas palabras, renuncio a todo eso que los Santos Apóstoles señalan en sus cánones como merecedor de la suspensión de la comunión, en el caso de los laicos, y de la destitución, en el caso de los clérigos. Renuncio al sacrificio a los ídolos, de sangre, de muerte.

No es necesario mencionar el resto de esas cosas, por desagradables. De todo eso nos apartamos con la renuncia que hacemos en el Bautismo —que todos conocemos—, porque son cosas que pertenecen al demonio.

Todo esto es cosa de la oscuridad, por eso es que primero lo aprendimos hallándonos bajo del dominio de los demonios, antes de que la Luz llegara a nosotros, cuando el pecado aún nos sometía. Pero, cuando nuestro amoroso y misericordioso Dios quiso librarnos de ello, desde el Cielo nos examinó y, demostrando el don de Su salvación, se nos entregó a Sí Mismo y nos redimió de la perversión de los ídolos, llevándonos a renacer en el agua y el Espíritu. Luego, a todo eso hemos renunciado, desvistiéndonos del hombre viejo y sus acciones, vistiéndonos en el Nuevo Adán. Quien comete esas perversiones, después de la venida de la Gracia, termina perdiéndola,, y Cristo no podrá ayudarle cuando caiga en pecado.

(Traducido de: Sfântul Efrem Sirul, Cuvinte şi învăţături vol 2, Editura Bunavestire, Bacău, 2008, p. 491-492)