La Iglesia que hace santos de los pecadores

 

Esta Iglesia es santa porque Santo es su fundador y, en consecuencia, siempre seguirá siendo santa, incluso santificando a los pecadores. Las otras iglesias los salones en donde se reunen las sectas— no son santas, porque fueron fundadas por hombres guiados por la insumisión y, en consecuencia, tampoco santifican a nadie.

Traducción y adaptación: Jose David Menchu

La salvación es una obra de la missericordia de Dios, por medio de la cual nos libra del pecado, eso sí, si queremos poner algo de nuestra parte. Pero, sino queremos, debemos recordar que nadie se salva a la fuerza. Así es como lo desea Dios: que el don de Su salvación sea al mismo tiempo fruto del conocimiento, de la voluntad y de nuestro amor. Pero Dios es tan misericordioso, que también nos ayuda a querer ponernos en acción. El camino a la salvación, la Senda, comienza cuando el hombre viene —la mayoría de las veces, languideciendo por su lucha con la muerte— y entra a la Iglesia visible, verdadera, que es: “Una, santa, católica (universal) y apostólica”. Nuestro Señor fundó una sola Iglesia, no ochocientas. Esta Iglesia es santa porque Santo es su fundador y, en consecuencia, siempre seguirá siendo santa, incluso santificando a los pecadores. Las otras iglesias —los salones en donde se reunen las sectas— no son santas, porque fueron fundadas por hombres guiados por la insumisión y, en consecuencia, tampoco santifican a nadie, La Iglesia de Cristo es universal, es decir que su cimiento son los siete sínodos universales y, aún entre los vendavales de la historia, es conducida invisiblemente por el Mismo Señor, no por algún sustituto Suyo que pretenda tener más autoridad que dichos concilios. La Iglesia, en la cual nos salvamos, es apostólica, es decir que tiene servidores que reciben ese don por medio de la imposición de manos, en una línea que no se interrumpe hasta llegar a los Apóstoles y, después, a Cristo. Todas las otras iglesias surgidas con el tiempo, no son sino un desvío, un camino extraviado que no lleva a la salvación.

(Traducido de: Părintele Arsenie Boca, Cărarea Împărăției, Editura Sfintei Episcopii Ortodoxe a Aradului, p. 16-17)