La lucha invisible y el armamento del cristiano

 

Los combatientes que han de librar esta lucha son todos los cristianos. Su comandante es nuestro Señor Jesucristo, acompañado de todos Sus coroneles y capitanes, es decir, todas las legiones de ángeles y santos.

Como dice el Apóstol Pablo: “Nuestra lucha no es contra la carne y la sangre, sino contra los Principados, contra las Potestades, contra los Dominadores de este mundo tenebroso, contra los Espíritus del Mal que están en las alturas” (Efesios 6, 12).

También dice que los combatientes que han de librar esta lucha son todos los cristianos. Su comandante es nuestro Señor Jesucristo, acompañado de todos Sus coroneles y capitanes, es decir, todas las legiones de ángeles y santos. El campo de batalla (o coliseo), es decir, el terreno en donde se desarrolla este combate, es nuestro corazón y toda la naturaleza interior del hombre.

¿Cuánto durará esta lucha? Toda nuestra vida.

¿Y con qué armamento contamos para poder combatir? Atentos: el “refugio” y defensa de los combatientes es la completa renuncia a confiar sólo en uno mismo: el “escudo” es la fe y la esperanza más firme en Dios; el mejor “consejero” es la meditación en los sufrimientos del Señor; el “cinturón” es la abstención de las pasiones carnales; el “calzado”, la humildad y el conocimiento de nuestros propias debilidades; nuestra “coraza”, la lucha contra las tentaciones; la “espada”, la santa oración, mental, oral y la que viene con la meditación; la “lanza” es rechazar las pasiones que nos acechan; nuestros “baluartes” y el alimento en contra de las fuerzas enemigas es la participación frecuente de la Eucaristía, comulgando sacramentalmente en el altar y espiritualmente con los demás; y el “catalejo” para divisar al enemigo es la continua formacíón de la mente, saber reconocer las cosas en su justa medida y el constante esfuerzo de la voluntad en hacerse agradable a Dios, así como la paz y la serenidad más profunda del corazón.

(Traducido de: Sfântul Nicodim Aghioritul, Războiul nevăzut, Editura Egumenița, Galați, pp. 4-5)