La mente debe esforzarse en la oración

 

Luego de un tiempo, la mente se acostumbra y la repite sola. Y empiezas a endulzarte con ella, como si tuvieras miel en tu boca. Y sientes el deseo de repetirla siempre. Y si dejas de pronunciarla, te llena una gran pesadumbre.

Trabajar la oración de la mente consiste en esforzarte en repetir continuamente la oración con tu boca. Sin interrupción. Al principio, rápidamente, para que la mente no tenga tiempo para generar pensamientos pasajeros. Y mantener la atención concentrada solamente en las palabras: “Señor Jesucristo, ten piedad de mí”. Luego de un tiempo, la mente se acostumbra y la repite sola. Y empiezas a endulzarte con ella, como si tuvieras miel en tu boca. Y sientes el deseo de repetirla siempre. Y si dejas de pronunciarla, te llena una gran pesadumbre.

Cuando la mente se acostumbra a esta oración y se llena con ella —es decir, la aprehende bien— la envía también al corazón. Porque la mente es lo que alimenta al alma. Su función consiste en hacer descender al corazón todo lo que ve y escucha, sea bueno o malo, porque en el corazón está el centro de las fuerzas espirituales y físicas del hombre: es el trono de la mente. Luego, cuando el que ora cuida su mente de toda figuración y está atento solamente a las peticiones de su oración, respirando tranquilamente, con un pequeño esfuerzo y con voluntad, la hace descender al corazón y la mantiene ahí dentro, repitiendo rítmicamente: “¡Señor Jesucristo, ten piedad de mí!”.

(Traducido de: Gheron Iosif, Mărturii din viața monahală, vol. 1, editura Bizantină, 2003)