La múltiple labor del sacerdote

 

Una cosa es ser cristiano “conservador” y otra ser tradicionalista. El “conservador” respeta una prescripción del pasado, que en muchos aspectos se ha degradado, en tanto que el cristiano tradicionalista, sin abolir esos preceptos, intenta vivir la esencia de la Doctrina.

Traducción y adaptación: Jose David Menchu

No puedo negar que el trabajo del sacerdote es uno litúrgico y sacramental. Pero tampoco quiero limitarlo a esto. Es, al mismo tiempo, una labor ascética. En primer lugar, tengo que sancionar tu punto de vista: “algo así me imagino que es la función del sacerdote”. Muchos de nosotros tenemos la impresión que el sacerdote se la pasa todo el tiempo con el incensario en la mano, corriendo de casa en casa para bendecir el agua. También nosotros ponemos la función sacerdotal en relación con el santo altar. Pero, hoy en día, algunos modernistas quieren que el sacerdote también se implique en varias cuestiones sociales. Personalmente no rechazo esos aspectos. Un sacerdote puede tener tanto una función social, como una de santificación. Sin embargo, su labor no se reduce a esto. En todo caso, muchos de nosotros somos caracterizados como “cristianos conservadores”. Creo que una cosa es ser cristiano “conservador” y otra ser tradicionalista. El “conservador” respeta una prescripción del pasado, que en muchos aspectos se ha degradado, en tanto que el cristiano tradicionalista, sin abolir esos preceptos, intenta vivir la esencia de la Doctrina. Por ejemplo, hemos aprendido, de nuestros padres y abuelos, que un buen cristiano debe comulgar cuatro veces al año. Pero, esto no es una tradición: es “conservadurismo”, una tradición ya degradada.

Así, resumiendo, repito que la obra del sacerdote no es sólo santificadora, sacramental y litúrgica, sino también ascética y sanadora. Los sacramentos están estrechamente vinculados a la sanación. En la Iglesia de la antigüedad, el Bautismo era precedido por una completa sanación. Existía el nivel de los catecúmenos. El cristiano pasaba por una etapa de purificación, y cuando esta era completada, se le bautizaba. Los Padres del II Concilio Ecuménico definieron claramente el período de purificación previo al Bautismo. En los cánones de ese Concilio aparece escrito: “Al primer día los hacemos cristianos, al segundo, catecúmenos, al tercer día, los exorcizamos, soplándoles tres veces sobre el rostro y los oídos, y así los catequizamos, haciéndoles que pasen mucho más tiempo en la iglesia, escuchando las Escrituras. Después los bautizamos”. Como vemos, un completo hilo de sanaciones precedía al Bautismo. Eran llamados “cristianos” desde antes de ser bautizados, aún desde el día de su “incorporación” entre los catecúmenos, tal como los estudiantes reciben ese nombre desde que entran a la escuela. Luego eran considerados catecúmenos y se les leían los exorcismos correspondientes. Estos exorcismos no eran independientes al tratamiento entero de la Iglesia, para que el hombre pudiera pasar con bien el nivel de la purificación. La instrucción era paralela a la sanación del hombre. Y cuando todo esto se cumplía, los catecúmenos eran bautizados. Sin embargo, el proceso de sanación continuaba aún después del Bautismo.

(Traducido de: Mitropolit Hierotheos Vlachos, Boala și tămăduirea sufletului în tradiția ortodoxă, Editura Sophia, București, 2001, p. 96)