La necesidad de confesarnos

 

En primer lugar tenemos que luchar contra el orgullo. Y Dios consideró que la mejor forma de destruir el orgullo es confesándonos con un hombre como nosotros.

Traducción y adaptación: Jose David Menchu

¿Para qué necesitamos de un intermediario entre Cristo y nosotros, por qué necesitamos confesar nuestros pecados?

—Porque estamos enfermos, porque somos orgullosos. El orgullo es el pecado más grande: por orgullo fue que algunos ángeles cayeron del Cielo. Dice San Juan Casiano que el ángel, hallándose en el Cielo, era puro como la luz, no tenía pensamientos sucios, ni tenía los apetitos con los que luchamos nosotros, pero por un sólo pensamiento de orgullo cayó a lo profundo del infierno. Así pues, en primer lugar tenemos que luchar contra el orgullo. Y Dios consideró que la mejor forma de destruir el orgullo es confesándonos con un hombre como nosotros. Si dices que podrías confesarte directamente con Dios y que no necesitas de nadie para ello, ¿con qué Dios quieres tener comunicación, si desconsideras a tu propio semejante? ¿Con el Dios que vino y te ordenó amar y humillarte, con Aquel que dijo que el que se enaltezca será humillado y el que se humille será enaltecido? ¿A este Dios quieres venir así, pisoteando la preeminencia de tu confesor, la preeminencia del sacerdocio que Cristo dejó en el mundo, al decir: “Quien a vosotros os escucha, a Mí me escucha; y quien a vosotros os rechaza, a Mí me rechaza”?

Así fue como Dios dispuso las cosas, y quienes lo han entendido han observado cuánta humildad, gozo y paz esto les trae. Para vencer el orgullo en nosotros, necesitamos, entonces, del auxilio de algunos intermediarios. Especialmente, porque Dios nos creó para que conviviéramos, nos mantuviéramos juntos y nos apoyáramos. Nadie recibe jamás demasiada iluminación de forma directa, y aunque nos hiciéramos dignos de algunas revelaciones divinas, siempre necesitaremos de alguien para que nos aconseje cómo utilizarlas.

(Traducido de: Savatie Baștovoi, A iubi înseamnă a ierta, Editura Cathisma, 2006, p. 86)