La Ortodoxia y el sello de la sangre de los mártires

 

La Ortodoxia es la senda del hombre hacia su Creador, hacia la deificación. La Ortodoxia conduce al hombre a su desarrollo total en Cristo y para Cristo. La Ortodoxia no es solamente teología, es también una verdadera psicología, humanismo auténtico y sociología. Es un diamante que refleja la verdad en cada una de sus facetas.

La Ortodoxia es la verdad sobre Dios, sobre el hombre y sobre el mundo, tal como nos la enseñara el Mismo Dios Encarnado, por medio de Su perfecta doctrina. Tal como —más adelante— lo expresara el pensamiento y el corazón del divino Pablo, Tal como lo explicara el discípulo del amor y otros apóstoles y evangelistas, con la luz celestial del Espíritu Santo. La Ortodoxia es la prodigiosa síntesis entre dorma y tradiciones, entre teoría y práctica, tal como nos fuera enseñada por los padres espirituales de Alejandría, Constantinopla, Siria y, más tarde, del Santo Monte Athos.

Todos ellos —desde el Santo Jerarca Policarpo, quien fue, como sabemos discípulo de los apóstoles, hasta San Nicodemo el Hagiorita, quien murió a comienzos del siglo XIX—, con su sabiduría y santidad, con su sacrificio y abnegación, nos legaron una preciosísima herencia, la de la fe y la vida eterna, el tesoro de la tradición ortodoxa. La Ortodoxia es lo que manifestaron oficialmente los Santos Concilios, esos benditos sínodos conformados por miembros de la Iglesia de Cristo, provenientes de todas partes del mundo. Nuestros teóforos padres, entonces, “proveídos con el conocimiento del alma y el Espíritu divino”, discutieron sobre los grandes problemas que ocupan al hombre espiritual, asentando la base, el cimiento de la civilización espiritual.

La Ortodoxia ha sido lacrada con la sangre de los mártires de todos los tiempos, de toda la santa legión formada por millones de héroes, hombres, mujeres y niños. De las arenas de Roma hasta los campos de concentración en Rusia, todos demostraron que la doctrina cristiana no es una simple teoría, sino verdad y vida. El más hemoso heroísmo, la victoria sobre la violencia más cruel y el poder material, es el señorío y el reino del Espíritu.

Después, la Ortodoxia vino a enaltecer el culto eclesial, con su maravillosa poesía y su himnografía inspirada por Dios, que llena lo normal con lo extraordinario, lo terrenal con lo celestial, lo individual con lo comunitario, lo familiar con el respeto profundo, lo que es manifiesto con lo místico. En una atmósfera de exaltación y santidad, se nos representa en el culto el sacrificio de Dios-Hombre, el drama divino de la Divina Liturgia, en cada Liturgia en la que participan los fieles. Asimismo, en ella son encomiados y glorificados los triunfos de los titanes de la fe y de la Soberana de todos, la Santísima Madre de Dios, la Virgen María. Ahí se enaltece el dogma, no solamente como verdad, sino también como respuesta al llamado de los hombres.

El ideal por el cual siempre ha luchado el monaquismo no es distinto al propósito de la Ortodoxia. De acuerdo a estudios especializados, el monaquismo ortodoxo ha sido, desde siempre, la comunidad espiritual que ha luchado para alcanzar la libertad del alma, en pos de la realización del hombre, Su propósito siempre ha sido darle un perfil al alma para renovar la mente. Exactamente en este punto radica el corazón del espíritu monacal: tal es el propósito y la victoria del monaquismo. Los esfuerzos espirituales de los ascetas son las nuevas luchas místicas del espiritu, que llevan al hombre a una vida amante de la sabiduría, a la deificación. El camino del monaquismo es el de la purificación y el regreso a Dios. La Ortodoxia le da sentido a la santidad, pero no solamente a la de los ascetas, sino la del entero mundo cristiano.

Con este sentido enaltece también los usos de la sociedad. Esto lo vemos especialmente en el aspecto social. El elemento basal de la Ortodoxia es el amor a los demás, considerado en su sentido más profundo. No solamente como caridad, sino, en general, como afecto. La protección social ha sido “descubierta” en en las últimas décadas, pero pocos recuerdan que esta apareció en Jerusalém, después de la Resurrección del Señor. Entonces se levantaron los primeros refectorios comunes, en donde sirvieron los primeros siete diáconos, de acuerdo a lo que leemos en los Hechos de los Apóstoles. El Apóstol de los Pueblos, Pablo, fue también el primer trabajador social. Junto a la predicación del Evangelio, también realizó la “colecta de amor”, llamada de muchas otras formas. También los obispos, sucesores de los apóstoles, fueron trabajadores sociales. Sería faltar a la verdad decir que los Padres de la Iglesia se ocuparon solamente de los dogmas y nada más. En tiempo de los concilios, en Cesarea apareció, como sabemos, la Basiliada, bajo la guía de San Basilio el Grande. En Constantinopla había comedores para siete mil pobres, y en Alejandría se fundaron los primeros hospitales de maternidad. No solamente los obispos, sino también los reyes y los monjes participaron de tales acciones de amor. Para todos, esta Ortodoxia fue también trabajar por la virtud.

Otro elemento importante de la Ortodoxia ha sido siempre el heroísmo del martirio. Pero no se trata de un martirio limitado a la ofrenda de la propia sangre. Los hijos de la Ortodoxia han demostrado siempre un coraje y un valentía especiales ante cualquier clase de arbitrariedad, como la de Juliano, el emperador apóstata, la de los arrianos y los monofisitas, o la de los iconoclastas y la de los monjes atraídos por las desviaciones de los latinos. Esta multitud de héroes de la Iglesia Ortodoxa no comprende solamente a San Atanasio, a San Basilio el Grande y a San Juan Crisóstomo, sino también a San Teodoro el Estudita, higúmeno del monasterio Studion, junto a todos sus monjes, a San Máximo el Confesor y a San Marcos Eugénico, metropolitano de Éfeso.

Otra característica de la Ortodoxia ha sido siempre su misión entre los paganos, combinada con una labor de civilización. Nuestra Iglesia, sin hacer proselitismo alguno, siempre ha divulgado la luz del Evangelio y las Epístolas, la luz del amor y la mansedumbre. Esta forma de civilizar y enseñar nos es demostrada especialmente por los Tres Santos Jerarcas, que iluminaron a toda criatura con los rayos vivos de la doctrina correcta sobre Dios y el hombre. Ellos son como tres grandes astros en el firmamento espiritual de la Iglesia.

La Ortodoxia siempre ha sido el camino real del Evangelio. Ella ha conservado puro y auténtico el espíritu del cristianismo ante la oscuridad de las herejías de Occidente, como la centralización papal de los latinos y el subjetivismo racionalista del protestantismo. La Ortodoxia ha mantenido la templanza y la armonía, sin hacer nunca nada errado. Y, debido a que los Padres fueron guiados por su espíritu, Dios los orientó siempre de forma santa y espiritual.

La Ortodoxia nunca ha desconsiderado al hombre, ni a la inteligencia, ni a la naturaleza... nunca ha sido inhumana. Todo lo ha explicado, generando cultura. Como dice el tropario a los Tres Santos Jerarcas, la Ortodoxia siempre ha fortalecido la esencia de lo que existe y ha enmendado los hábitos de los hombres.

La Ortodoxia es la senda del hombre hacia su Creador, hacia la deificación. La Ortodoxia conduce al hombre a su desarrollo total en Cristo y para Cristo. La Ortodoxia no es solamente teología, es también una verdadera psicología, humanismo auténtico y sociología. Es un diamante que refleja la verdad en cada una de sus facetas.

Luego, conozcamos nuestra Ortodoxia. No teóricamente, sino que sintámosla y vivámosla en toda su profundidad y latitud. Sólo así podremos entenderla y demostrar su valor.

Nuestra Ortodoxia no es un museo, no es pasado: es vida, creación y brillo. Es nuestro gran ideal, es la preciosa esperanza de nuestra salvación. Nuestra honra en Cristo es participarla con heroísmo y gloria, como hijos verdaderos de los grandes héroes de la Ortodoxia.

¡Oh, nuiestra bella Ortodoxia, novia de Cristo, que nunca renunciemos a ti; al contrario, cuando los tiempos y las circunstancias nos lo piden, haznos dignos de derramar por ti hasta la última gota de nuestra sangre!

(Traducido de: Părintele Efrem Athonitul (Filotheitul), Despre credinţă şi mântuire, traducere de Cristian Spătărelu, Editura Bunavestire, Galaţi, 2003, pp. 5-9)