Lo que todos deberíamos saber acerca de la Confesión

 

Abriendo el corazón ante su padre confesor para revelarle todas sus faltas, el hombre se humilla y logra que se le abran las puertas del Cielo, de donde desciende con abundancia la Gracia de Dios.

Traducción y adaptación: Jose David Menchu

Si queremos tener paz en nuestro interior, debemos sacar todos los escombros que hemos ido acumulando ahí. Y esto es posible solamente por medio de la Confesión.

Abriendo el corazón ante su padre confesor para revelarle todas sus faltas, el hombre se humilla y logra que se le abran las puertas del Cielo, de donde desciende con abundancia la Gracia de Dios, que le hace libre. En verdad, antes de confesarse el individuo tiene la cabeza llena de tinieblas, su vista es débil y tiende a justificarse con facilidad. Porque, teniendo la mente oscurecida por el pecado, es imposible que la persona consiga ver bien. Al confesarse, toda esa niebla se disipa y el horizonte se hace visible.

Por eso, cada vez que viene alguien a buscarme para pedirme consejo, le pregunto si se ha confesado alguna vez. Si no lo ha hecho, le pido que vaya a confesarse y que regrese después.

Algunos me dicen:

¡Ya que Usted puede ver lo que debo hacer para resolver mi problema, aconséjeme!

Aunque sepa qué es lo que debes hacer, no lo entenderías si antes no te confiesas, les contesto.

¿Cómo entenderte con alguien que te habla en otra frecuencia?

Al confesarse, el hombre se desprende de todo lo que no necesita y empieza a dar frutos del alma.

Cierto día, mientras limpiaba el huerto para sembrar unos tomates, vino alguien a buscarme.

¿Qué hace, padre?

¿Qué hago? Estoy confesando a mi huerto.

Pero ¿cómo es que su huerto necesita “confesarse”?

Claro que lo necesita. He observado que, cada vez que lo confieso, es decir, cuando lo limpio de zarzas, piedras y maleza, produce unas hortalizas maravillosas... ¡De lo contrario, los tomates brotan pálidos y frágiles!

Traducido de: Cuviosul Paisie Aghioritul, Nevoință duhovnicească în col. Cuvinte duhovnicești III, Editura Evanghelismos, București, 2003, p. 265-266