“¡No cabe duda, aquí se ha orado mucho...!”

9 Noviembre 2018 Palabras de espiritualidad
 

Al día siguiente, muy temprano, la madre fue llevada a la sala de operaciones. En ningún momento dejó de orar ni de sentir la fuerte presencia de San Nectario a su lado.

Traducción y adaptación: Jose David Menchu

Una de las monjas del Santo Monasterio de la Anunciación, de Patmos (Grecia), comenzó a tener serios problemas de salud. En pocos meses, dichos padecimientos se acentuaron. Con la bendición de la madre abadesa y acompañada por otra monja, fue internada en el hospital “San Sabas” para enfermos de cáncer, en Atenas. Todo esto ocurrió en junio de 1996.

Después de practicarle distintos y minuciosos exámenes, el cirujano Gheorghios Frankakis emitió su diagnóstico: cáncer uterino en un estadio muy avanzado. Sin decirle a la paciente toda la verdad, le sugirió únicamente que necesitaba hacerle una complicada operación. Lo que no sabía el médico es que aquella monja había sido antes enfermera, y que pronto había entendido de qué se trataba todo. Así, hojeando rápidamente su propio diagnóstico, mientras el médico volvía al consultorio, la monja vino a enterarse claramente de la situación en que se hallaba.

Se entristeció profundamente, pero no cayó en la desesperanza. Empezó a orar con mucho fervor a San Nectario, el milagroso. Al mismo tiempo, le pidió a su padre espiritual, el recordado Anfiloquio Makris, antiguo discípulo de San Nectario, que también pidiera por su salud.

Asimismo, en el monasterio todas las monjas comenzaron a llamar a las puertas del Cielo con sus plegarias. El padre espiritual, la madre abadesa y las demás monjas hacían vigilias continuas, recitaban acatistos y paráclesis, suplicando la recuperación de la hermana enferma. Y estas son las llaves que pueden abrir las puertas de los Cielos.

Después del resultado positivo de la biopsia y a pesar de sentirse muy mal, la monja comenzó a percibir que algo estaba por cambiar. Y, ciertamente, San Nectario, como médico anárgiro, acababa de empezar su “turno”. La monja empezó a sentir su benefactora presencia por todas partes. Una inmensa paz empezaba a llenarle el corazón. Sentía que todo saldría bien. Tenia la sensación de comulgar cada día con Cristo.

En un momento dado, el médico dijo: “Tengo que hablarle con sinceridad, madre. Su situación es mu grave. Necesitaremos iniciar la radioterapia y posteriormente le haremos una quimioterapia. Después intentaremos operar”. Un día antes de la cirugía, el padre espiritual del Monasterio de la Anunciación fue a buscar al stárets Nectario Vitalis, pidiéndole sus oraciones por la salud de aquella monja. Este le dio un frasquito con un poco de aceite santificado de la lamparilla que se mantiene encendida frente al ícono de San Nectario, instándole a hacer la Señal de la Cruz sobre la enferma con un hisopo impregnado en dicho óleo. Después, el padre Nectario y toda la comunidad oraron por la curación de la monja.

Al día siguiente, muy temprano, la madre fue llevada a la sala de operaciones. En ningún momento dejó de orar ni de sentir la fuerte presencia de San Nectario a su lado. Cuando la operación terminó, unas horas después, le practicaron una nueva biopsia, con resultado... ¡negativo! Acababa de sanar, ¡el cáncer ya no estaba ahí! ¡Gloria a Ti, Señor!

El médico no podía creer lo que veían sus ojos. Repetía, una y otra vez: “¡No cabe duda, aquí se ha orado mucho...!”. Lo mismo le dijo a la monja, cuando esta despertó de la anestesia.

Ocho días después se conocieron los resultados de unos nuevos análisis generales. El cáncer había sanado por completo. En el monasterio se oficiaron distintos oficios de agradecimiento al Dios Trino y a todos los santos de la Iglesia, coronados por San Nectario, el milagroso.

(Traducido de: Diac.drd. Morlova Nicușor, Sfântul Nectarie Taumaturgul, Editura Egumenița, p.126-127)