Nuestras palabras se escuchan en el Cielo

 

En el Día del Juicio conoceremos las catastróficas consecuencias de muchas de las palabras que hemos pronunciado durante nuestra vida.

Traducción y adaptación: Jose David Menchu

En las montañas de Suiza, cubiertos por una nieve ancestral, hay lugares en los que los guías advierten a los exploradores que callen, porque hasta la más pequeña vibración podría provocar una avalancha, arrastrando a todos al vacío. ¿Quién podría pensar que una sola palabra puede tener consecuencias tan desastrosas? La influencia moral de las palabras que pronunciamos es, sin ambergo, aún mayor. Una palabra pronunciada sin pensar, de esas que todos emitimos con tanta facilidad, podría generar acontecimientos de gran impacto en la historia. En verdad, en el Día del Juicio conoceremos las catastróficas consecuencias de muchas de las palabras que hemos pronunciado durante nuestra vida.

Ese día daremos cuentas “por cada palabra fútil” que hayamos dicho. Esas palabras son las que provienen de una existencia vacua: son palabras inútiles, frívolas, muchas veces hirientes. Son banalidades que pueden pasar, a falta de preocupaciones más importantes, de boca en boca, y no pocas veces pueden manchar el perfil moral de alguna persona, provocar heridas. Asimismo, al expresar nuestra alegría por el fracaso de nuestro semejante, pueden convertirse en verdaderas saetas llenas de veneno. “Palabras vacías” son también esas discusiones que tocan la zona sacra de la vida familiar, o que, bajo la forma de alguna broma o alusión, pueden hacer que se estremezcan los cimientos de la felicidad conyugal. Seamos muy prudentes al hablar. Que nuestras palabras expresen la verdad; que sean simples, sinceras, anhelantes del bien y llenas de amor. “Que vuestra conversación sea siempre agradable, sazonada con la sal de la gracia, sabiendo cómo debéis responder a cada uno" (Colosenses 4, 6), dice el Santo Apóstol Pablo.

(Traducido de: Fiecare zi, un dar al lui Dumnezeu: 366 cuvinte de folos pentru toate zilele anului, Editura Sophia, p. 28)