¡Oh, Señor, este soy yo...!

 

¡Escucha mi llanto y mis suspiros, alma mía... levántate del sueño de la indiferencia!

Me ví en el espejo de mi corazón y me percaté de que soy un hombre endurecido. Removí lo profundo de mi corazón y hallé que soy el más necio y despiadado de todos. Examiné el interior de mi conciencia y no pude sino convencerme de que soy el más pecador de todos. Me puse a analizar la fuerza de mi mente y entendí que soy el más infame viajero de este mundo. Observé, acongojado, la expresión de mi rostro, y me conmovió profundamente su marchitez. Después probé la fuerza de mi cuerpo y me estremeció su decrepitud. ¡Oh, Señor, este soy yo...! Y, nuevamente, con los ojos llenos de lágrimas, me volví a mí mismo, un pecador... Llamé largamente a la puerta de mi alma. Pero nadie quiso responderme. Llamé nuevamente y dí voces, pero nadie me escuchó. Esperé y esperé... y nuevamente llamé: “¡Alma mía, alma mía, despiértate! ¿Por qué duermes? ¡Tu fin se acerca y tú lo que quieres es perturbarte!

¡Despiértate, alma insensible y dura de cerviz, ven a Jesús con tu contrición, porque la muerte, el juicio y el castigo están cada vez más cerca! ¡Empieza a arrepentirte, porque te queda poco tiempo! ¡Pero, ay de mí, no quieres escucharme! ¡Ay de mí, porque sigues indiferente! ¡Ay de tí, ay de mí, ay de nosotros en el Día del Juicio! ¡Escucha mi llanto y mis suspiros... levántate del sueño de la indiferencia!

(Traducido de: Mi-e dor de Cer, Viața părintelui Ioanichie Bălan, Editura Mănăstirea Sihăstria, 2010, p. 157)