¿Podemos evitar discutir?

 

Los padres egipcios afirmaban que hasta que el hombre no se queda solo con Dios —es decir, hasta que deja de interesarse por los actos de los demás—, es incapaz de tener paz.

Traducción y adaptación: Jose David Menchu

En el desierto de Egipto vivían dos monjes, que en cosa de unos veinte años no habían tenido ninguna clase de riña, porque en todo el uno obedecía al otro. Cierta vez, uno de ellos dijo: “Hermano, intentemos reñir por una vez en nuestra vida, tal como lo hace todo el mundo”. “¿Pero cómo lo haremos?”, preguntó el otro. “Pongamos aquel ladrillo en el suelo y yo diré que es mío, y tú me responderás que es tuyo”. “Bien”. Y trajeron el ladrillo y lo pusieron entre los dos. Entonces, cuando el segundo exclamó: “¡El ladrillo es mío!”, el primero le respondió: “Está bien. Si es tuyo, tómalo”. Y ya no pudieron seguir discutiendo.

Aquel que está atento, no a hacer su propia voluntad, sino a las necesidades, sufrimientos y alegrías de su semejante, ese alcanza pronto la humildad. La humildad no se ve a sí misma ni juzga los actos de los demás, porque es fuente de serenidad y paz. Los padres egipcios afirmaban que hasta que el hombre no se queda solo con Dios —es decir, hasta que deja de interesarse por los actos de los demás—, es incapaz de tener paz.

(Traducido de: Savatie Baștovoi, A iubi înseamnă a ierta, Editura Cathisma, 2006, p. 127)