¿Por qué los que aman sin límites son los más felices?

 

¿Por qué Dios, nuestro Señor Jesucristo, quiere que amemos a nuestros enemigos? Para que multipliquemos el amor. ¿Y por qué es bueno multiplicar el amor? Porque, multiplicando el amor, multiplicamos también la felicidad.

Traducción y adaptación: Jose David Menchu

El amor es una cualidad del alma y se manifiesta así, como siente. La mayoría de personas ni se aman ni se odian. Las relaciones entre los individuos, en general, son relaciones, digamos, “oficiales”, es decir, cimentadas en otros principios, o sin principio alguno; son relaciones espontáneas. En tales casos, Dios está ausente de ese amor. Pero nuestro Señor Jesucristo les dijo claramente a Sus discípulos: “Un mandamiento os doy, que os améis los unos a los otros (Jyan 15, 17).

Cuando el odio brote en nosotros, como consecuencia de nuestras pasiones, debemos pensar que no tenemos permitido odiar a nadie, y que hemos sido llamados a amar. Puede que haya alguien que no nos agrade, alguno que no nos gustaría ver más a nuestro alrededor. Pero es que el mandamiento de Dios es que amemos a todos los demás. ¿Por qué amarlos a todos? Porque eso es lo que nos dicta Dios. También es posible que nos preguntemos la razón de este mandamiento, si observamos que nuestro Señor Jesucristo, el Hijo de Dios, viniendo a este mundo, nos trajo una enseñanza que el mundo no acepta ni comparte. Porque el mundo rechaza el amor a los enemigos. San Siluano del Santo Monte Athos insistía mucho en el amor a nuestros enemigos, porque, amándolos, nos hacemos semejantes a Dios, Quien “hace salir su sol sobre malos y buenos, y llover sobre justos e injustos(Mateo 5, 45).

Pareciera que se trata de algo dificilísimo de cumplir. Quisiéramos que no existiera semejante forma de amor. ¿Por qué? Porque el mundo no lo quiere, solamente el Cielo. ¿Y por qué Dios, nuestro Señor Jesucristo, quiere que amemos a nuestros enemigos? ¿Saben por qué? Para que multipliquemos el amor. ¿Y por qué es bueno multiplicar el amor? Porque, multiplicando el amor, multiplicamos también la felicidad. El que ama es feliz. Especialmente en la juventud, cuando el hombre está más abierto al amor, es cuando más feliz se siente, por medio del amor. Luego, cuando busquemos la felicidad, busquemos el amor. Y, buscando el amor y realizándolo, encontraremos la felicidad. En ningún otro momento se siente más feliz el hombre, que cuando ama y se siente amado. Sin embargo, entre los individuos no hay tanto amor, o, si lo hay, se trata de un amor que responde a ciertas motivaciones y razonamientos, ajenos al mandamiento de Dios. Pero, insisto, el mandamiento de Dios es amarnos los unos a los otros.

(Traducido de: Arhim. Teofil Părăian, Bucuriile credinței, Editura Mitropoliei Olteniei, p. 209-210)