¿Por qué no todos ayunan?

 

Te preguntas por qué hay tanta gente que no ayuna. Y la respuesta es: porque no conocen los fruto del ayuno. Yo pienso que las mismas autoridades sanitarias del país deberían recomendar el ayuno, tal como lo hace la Iglesia Ortodoxa, porque sus beneficios son grandes y maravillosos

Traducción y adaptación: Jose David Menchu

Te preguntas por qué hay tanta gente que no ayuna. Y la respuesta es: porque no conocen los fruto del ayuno. Yo pienso que las mismas autoridades sanitarias del país deberían recomendar el ayuno, tal como lo hace la Iglesia Ortodoxa, porque sus beneficios son grandes y maravillosos, no sólo desde el punto de vista espiritual, sino también desde uno meramente físico, orgánico.

Podría poner un sinfín de ejemplos de esto que acabo de afirmar, pero me quedaré solamente con uno, muy reciente, el testimonio de una viuda. “Comencé a ayunar el año pasado, con ocasión de la festividad de la Santísima Trinidad”, nos relata. “Orando en la iglesia, comencé a pensar, con mucha insistencia, que debería empezar a ayunar. Con mi difunto esposo nunca ayunamos y creo que por eso nos enfermábamos constantemente. Que yo recuerde, nunca estuvimos sanos los dos al mismo tiempo: siempre había uno yaciendo enfermo. Y así se nos fue toda la vida... Siempre fui muy irascible. La más pequeña ofensa me hacía salirme de mis casillas y perturbarme profundamente. Además, todo me asustaba, incluso mis propios pensamientos y presentimientos. Pero, desde que empecé a ayunar — hace ya casi un año—, me siento en paz, muy tranquila... Mi espíritu es feliz y mi cuerpo parece haberse aligerado. No hay nada ni nadie que pueda hacerme enfadar como antes. Y siento como si en mi alma resonaran todo el tiempo los cantos y oraciones que hacemos en la iglesia. Hasta mis sueños son hermosos y tranquilos. No tengo nada en este mundo. Vivo en casa de una amiga. Sin embargo, siento como si todo el mundo fuera mío. Estoy completamente sana, a pesar de mi avanzada edad. No le tengo miedo a nada, ni siquiera a la muerte. Lo único que quiero es tener paz, poder seguir ayunando y orar, porque es lo único que me hace feliz”. Esto es lo que escribía aquella mujer, dando testimonio y certeza, en nuestros días, de la enseñanza evangélica y la experiencia ancestral de la Iglesia.

(Traducido de: Sfântul Nicolae Velimirovici, Răspunsuri la întrebările lumii de astăzi, volumul II, Editura Sophia, pp. 248-249)