¿Por qué oramos de rodillas?

 

Estar de rodillas, conversando con Dios, es una señal de humildad y contrición por nuestros pecados, de reconocer nuestras propias imperfecciones. Arrodillándose, el hombre reconoce su estado de pecador, su indignidad.

Traducción y adaptación: Jose David Menchu

Es posible que muchas veces nos hayamos preguntado por qué nuestras abuelas oraban de rodillas, tanto en la iglesia como en casa. Postradas frente a la luz de la lamparilla y los ahumados íconos de la pared, su oración se alzaba más allá de este mundo. Una oración simple, sencilla, una verdadera letanía popular. ¿Qué le daba a esa oración su rasgo característico? Precisamente el hecho de que era repetida estando de rodillas, con el corazón compungido.

La abuela nunca oyó hablar del término griego “metanoia” o de las prácticas hesicastas y las corrientes filocálicas. Sin embargo, sabía bien una cosa: la oración no puede elevarse sino estando de rodillas, en un profundo estado de piedad y humildad, de paz y reconciliación con Dios. Para nuestras abuelas, arrodillarse no era un esfuerzo, sino un enorme privilegio.

Arrodillarse para orar es un rasgo caractarístico del cristianismo. Los judíos contemporáneos a nuestro Señor Jesucristo solían orar de pie en la sinagoga o en la esquina de la calle, para demostrar su piedad. Por el contrario, nuestro Señor se arrodilló para orar en el Jardín de Getsemaní y también Su Santísima Madre lo hizo junto a la Cruz. San Esteban cayó de rodillas antes de morir como mártir (Hechos 7, 60), en tanto que el Apóstol Pedro se arrodilló junto al cuerpo de Tabita y “orando, la hizo volver a la vida”. (Hechos 9, 40). Estos son ejemplos divinos y argumentos históricos a favor de la oración hecha de rodillas. Sin embargo, más allá de ser una práctica histórica, el arrodilllamiento se halla vinculado a nuestro estado de espíritu. Muchas veces, todos sentimos la necesidad de postrarnos de rodillas. Algo, una fuerza desconocida, un misterio y un prodigio nos hacen caer de rodillas.

En una sociedad que nos alimenta con una variopinta gama de conceptos psico-sociales como “Tú decides”, “Debes ser el más fuerte”, “Piensa libre” o “We love to entertain you”, el hombre contemporáneo ha perdido todo el estímulo y la necesidad interior para postrarse de rodillas. Sin embargo, esa llama no se ha extinguido completamente. Queda una brasa, una pequeña ascua, una chispa santa en cada uno. Aunque somos más o menos conscientes de esto, ella sige titilando, por mucho que nos empeñemos en apagarla. Dios sabe en qué momento esa chispa volverá a encenderse en una fuerte llamarada.

Un buen ejemplo, a propósito de todo esto, nos lo da el relato de una actríz norteamericana, un alma que, luego de buscar mucho, encontró la paz postrándose de rodillas junto al muro de un monasterio ortodoxo. Mary McCann era una estrella en Broadway, un joven talento en pleno ascenso. Tenía espectáculos, fama, dinero y una vida de vedette. El cambio ocurrió cuando conoció a un grupo de teatro de Rumanía. Inmediatamente se sintió fascinada por aquellas personas que, a pesar de venir de la pobre Europa del Este, tenían algo especial, una luz en los ojos. “¿Qué tienen ellos que no tenga yo?”, se preguntó. La respuesta fue simple: “¡Ven y verás!”, tal como nuestro Señor Jesucristo le dijo a San Andrés, al llamarlo al apostolado.

Casi sin darse cuenta, un día se vio abordando un avión hacia Bucarest. Ciertamente, le gustó la ciudad, pero encontró que no tenía nada distinto a las demás ciudades que había visitado antes. Esto, “hasta que llegué al mundo de los monasterios de Moldova y Bucovina. Sumida en un profundo silencio, a la sombra del Monasterio Varatec, mis rodillas se doblaron instintivamente y me vi arrodillada sobre aquella bendita tierra. Gruesas lágrimas comenzaron a resbalarme por el rostro. Todo comenzó a transformarse en mi interior. Frente a aquel antiquísimo ícono de la Madre del Señor derramé todas las lágrimas que había acumulado desde hacía muchos años. Nunca antes había llorado. ¡De hecho, no sabía que podía llorar! Sentía como si mi pecho se abriera intentando entender algo... Mi corazón había superado sus límites, desbordándose hacia afuera…” (Actorii şi credinţa, Editorial Lumea Credinţei, Bucarest, 2013, págs. 119-123).

Era una persona que nunca antes se había arrodillado. Una persona como cada uno de nosotros, con procupaciones, necesidades, dudas y preguntas. Dice un santo contemporáneo, San Nicolás Velimirovich, que la diferencia entre el ortodoxo balcánico y el sofisticado hombre occidental es el hecho de que el primero sabe arrodillarse para orar. Sabe que estar de rodillas, conversando con Dios, es una señal de humildad y contrición por sus pecados, de reconocer sus propias imperfecciones. Arrodillándose, el hombre reconoce su estado de pecador, su indignidad. Luego, levantándose, deja atrás esa vieja forma de vida, para entrar a una completamente nueva. Arrodillándose, el hombre desciende voluntariamente al polvo del que fuera hecho, entregando su vida a las manos de Dios. Esto nos lo muestra también San Isaac el Sirio, cuando dice que “cada vez que nos arrodillamos, demostramos que aunque fuimos arrojados al barro por el pecado, el amor a los hombres de nuestro Creador nos vuelve a llamar al Cielo.