¡Qué difícil es conocerte a ti mismo!

 

Yo te ofrezco el silencio, pero tú quieres el bullicio terrenal. Yo te hablo de Cristo, pero tú me recuerdas el mundo. Yo te insisto en la esperanza de la vida eterna, pero a ti te asusta la muerte efímera del cuerpo.

¡Qué difícil es conversar contigo mismo! ¡Qué difiícil es ver tus propias heridas! ¡Qué difícil es conocerte a ti mismo! ¡Alma mía, cuánto te duele esta triste verdad! Te duele, porque yo te doy alimentos consistentes, pero tú quieres papilla para niños. Yo te doy el maná celestial, pero tú suspiras por los manjares de Egipto. Yo te ofrezco el silencio, pero tú quieres el bullicio terrenal. Yo te hablo de Cristo, pero tú me recuerdas el mundo. Yo te insisto en la esperanza de la vida eterna, pero a ti te asusta la muerte efímera del cuerpo. Yo te describo los terribles tormentos de la eternidad en el infierno, pero tú, indiferente, te ríes en mi cara. Yo te hablo de la muerte sobrevenida sin aviso, y tú me hablas de esta vida. Sí, alma mía, es difícil entendernos. Nunca me crees. Cuando yo lloro, tú ríes, y cuando te llamo para que lloremos juntos, tú me preguntas para qué. Cuando es el momento de alegrarnos espiritualmente, tú te muestras aburrida y fría, preguntándome el sentido de mi alegría.

Sí, alma mía, jamás nos entendemos. Entre los dos hay un profundo abismo que nos separa. El mundo y sus apetitos cavaron ese abismo. El mundo, el mundo, alma mía, es nuestro enemigo, él nos pone en contra del otro, él perfora la fosa de la perdición. Sí, el mundo... Entonces, alma mía, ¿por qué no me escuchas cuando, entre lágrimas, te llamo y te hablo?

(Traducido de: Mi-e dor de Cer, Viața părintelui Ioanichie Bălan, Editura Mănăstirea Sihăstria, 2010, p. 116)