“Quedaos aquí y velad conmigo”

 

¡Ayúdanos, Señor! ¡Despiértanos del sueño del pecado!

Este mandamiento, o, mejor dicho, esta súplica del Señor hacia sus discípulos no fue tomada en cuenta, porque estos, extenuados, se quedaron dormidos. “El espíritu está dispuesto, pero la carne es débil” (Mateo 26, 41). Hasta en el mismo ser de los Apóstoles, la carne y la sangre terminaron ahogando la voluntad del alma. ¿Notamos que este llamado del Señor está dirigido también a nosotros, de una u otra manera? “Quedaos aquí y velad conmigo”. Él no nos abandona, aunque no lo veamos con los ojos del cuerpo. Está siempre a nuestro lado. Esta convicción hace que nuestra vida terrenal se convierta en algo solemne y santo.

Velad conmigo”. Nunca nos quedamos solos en nuestro dolor. “Tú estás cerca, Señor, y todos tus mandamientos son la verdad misma” (Salmos 118; 151). Está tan cerca, que escucha cualquiera de nuestros susurros y siente nuestros suspiros. El Padre Celestial nos muestra Su compasión y espera el momento en que estemos listos para recibir Su auxilio, Su consuelo.

¡Ayúdanos, Señor! ¡Despiértanos del sueño del pecado! ¡Haznos quedarnos cerca de Ti, de forma que no estemos dormidos cuando seamos llamados a obrar para Ti, cuando necesites de brazos, aún débiles, como los nuestros!

(Traducido de: Fiecare zi, un dar al lui Dumnezeu: 366 cuvinte de folos pentru toate zilele anului, Editura Sophia, p. 17)