¿Sabemos todo lo que significa ser cristianos?

 

Hemos encontrado una forma, un método (¿cómo fue que sucedió?) para que el hombre viejo, nuestro ídolo, permanezca intacto. Nuestro propio sistema permanece inmutable, todo nuestro estado interior queda indemne... pero seguimos siendo cristianos.

Traducción y adaptación: Jose David Menchu

Si me lo permiten, podría decir que el alma del hombre se parece a un infierno. Así es como vivimos, nos movemos y hacemos lo que hacemos en el mundo, portando cada uno su propia máscara y comunicándonos a través de ella; sin embargo, en lo profundo de cada quien, la situación es aún peor. ¿Si no te libras del hombre viejo, si no renaces, qué podría sucederte?

Que no nos asombre cuando alguno, en determinado momento crítico, se muestre tal como es y de su interior brote el mal que brote. Luego, si el individuo no renace en Cristo, si su cuerpo y su alma no se vuelven templo del Espíritu Santo, y aunque la parte viciosa de su alma y de su corazón permanezca oculta, aunque se afane en esconderla, un buen día esta terminará manifestándose. Y no emergerá para desaparecer, sino para moverse, para demostrar con toda fuerza y de cualquier manera que vive y domina allí dentro.

Muchos han bajado al infierno —millones de personas—, incluso profetas y otros hombres de Dios, desde Abel y hasta Cristo, pero el infierno sigue siendo el infierno. Podemos decir que escuchamos algunas cosas, que creemos en las verdades de Dios, del Evangelio y que intentamos mejorar nuestro interior. Nadie podría decir que esto no tiene importancia. Desde luego, representa algo, pero debe producir en nosotros un cambio, ese que sólo Cristo puede provocar. Sólo Él, descendiendo al infierno para vencerlo.

Recordemos que el ícono ortodoxo de la Resurrección no ese que presenta a Cristo sobre el sepulcro, sino ese otro que lo muestra en el infierno, destruyendo todo con Su poder. En toda representación de la Resurrección aparecen también unas puertas caídas, cerrojos, clavos... No hubo nada que quedara en su lugar. Todo se derrumbó, todo se abrió, y las almas quedaron libres para salir de allí.

Lo mismo pasa con el alma del hombre: si Cristo no entra, nada en ella cambiará. No basta con aceptar y recibir determinadas cosas y verdades, que empujamos a lo profundo del alma, aunque filtradas con nuestro propio filtro, que en nada arriesgan al hombre viejo. Por eso, a pesar de que somos cristianos, de que creemos en las verdades de Cristo y somos parte de la Iglesia, y de que comulgamos, lo que terminamos obteniendo —y esto se observa mejor en los últimos años— es el simple confort. Hemos encontrado una forma, un método (¿cómo fue que sucedió?) para que el hombre viejo, nuestro ídolo, permanezca intacto. Nuestro propio sistema permanece inmutable, todo nuestro estado interior queda indemne... pero seguimos siendo cristianos.

 (Traducido de: Arhim. Simeon Kraiopoulos, Taina mântuirii, Editura Bizantină, p. 85-87)