Sobre la necesidad de confesarnos con sinceridad y profundo arrepentimiento

 

Si nos hacemos humildes, si compungimos nuestro corazón y nos confesamos con sinceridad, es imposible que no sintamos los maravillosos frutos de la contrición.

Traducción y adaptación: Jose David Menchu

El anciano Isaías nos aconseja realizar, de acuerdo a nuestras propias capacidades, lo que es realmente necesario, que el enorme poder de nuestro Señor Jesucristo nos ayudará. Dios sabe que el hombre suele caer en la desesperanza y por eso le otorgó el don de la contrición, para que la practique mientras dure su vida terrenal. El arrepentimiento profundo y salvador obra en nosotros hasta nuestro último aliento. ¡En verdad, qué maravillosos son los frutos del verdadero arrepentimiento!

Los frutos de la auténtica confesión se reflejan no sólo en el alma contrita, porque también en los Cielos se produce una gran alegría cuando un pecador se arrepiente (Lucas 15, 10). Los ángeles se alegran, los santos se regocijan y el mismo Dios se congratula porque ha aparecido la oveja perdida y ha vuelto a Su redil, ahí en donde se halla grabado Su rostro soberano.

Por medio del Sacramento de la Confesión se borran todos los pecados y se le otorga al pecador contrito el premio de la justicia. “Porque tanto amó Dios al mundo, que dio a Su Hijo único” (Juan 3, 16). Si el Hijo de Dios tuvo que morir por Sus enemigos, ¿no habrá de perdonar los pecados y otorgar la felicidad eterna a quienes se hayan hecho hijos de Dios y se arrepientan de sus pecados?

Estemos seguros que ningún pecado podría vencer al amor de Dios por la humanidad: es suficiente con que el hombre lave, con su arrepentimiento, el mal cometido. Porque, amando a la humanidad, Dios conoce la debilidad de nuestra naturaleza, la fuerza de las pasiones y la astucia del maligno. Por eso, cuando los hombres caen en pecado, Dios es muy paciente con ellos, esperando a que se arrepientan. Él se muestra compasivo con aquellos que se confiesan y le piden Su misericordia, sabiendo que son débiles; así, en un instante los exonera del castigo que merecerían y les otorga los bienes preparados para los justos. Tenemos muchos ejemplos de esto que digo, de esos pecadores que, gracias a su profundo y sincero arrepentimiento, recibieron el perdón pleno y la salvación por parte de Dios.

Al contrario, no obtienen ningún provecho de la confesión los que acuden a ella sin sentirlo, fríamente, simplemente por cumplir con un requisito. La confesión superficial, fría e indiferente no es redentora. Es necesario sentirla en el corazón, llorar y arrepentirnos con pesar por haber aceptado la camadería de los demonios y por habernos distanciado de Dios.

Cuando el profeta David cayó en pecado grave ante Dios, buscó la forma de presentar un sacrificio digno como compensación, lleno de contrición. Y no encontró un sacrificio mejor que humillarse, presentando un “corazón compungido y contrito” (Salmos 50, 19).

Si nos hacemos humildes, si compungimos nuestro corazón y nos confesamos con sinceridad, es imposible que no sintamos los maravillosos frutos de la contrición, de los cuales el más visible es la dulce paz del pensamiento y el amor ferviente y renovado hacia Dios, que llena de alegría el corazón.

(Traducido de: Arhimandritul Serafim Alexiev, Viața duhovnicească a creștinului ortodox, Editura Predania, 2006, p. 133-137)