Toda mi esperanza la pongo en Ti, Señor

 

La verdadera esperanza busca solamente el Reino de Dios y confía que todo lo necesario se le dará, sin duda alguna...

Traducción y adaptación: Jose David Menchu

Todos los que tienen una esperanza fuerte en Dios, se alzan hacia Él y se iluminan con el brillo de Su luz eterna.

Si el hombre, por amor a Dios y para obrar las virtudes, se olvida de sí mismo, es que su esperanza es verdadera y sensata.

Pero si el hombre pone toda su esperanza solamente en sus propias cosas y acude a Dios sólo cuando se ve oprimido por alguna inesperada adversidad, cuando nota que sus propias fuerzas son insuficientes para librarse de aquella desventura, es que su plegaria no enciarra una esperanza verdadera, sino una vana y engañosa, porque no proviene de la fe, sino del temor.

La verdadera esperanza busca solamente el Reino de Dios y confía que todo lo necesario se le dará, sin duda alguna...

Y es que no puede haber paz en el corazón del hombre, hasta que no obtiene esa esperanza. Ella es eso que le llena de paz y hace que su corazón rebose de alegría. Esa esperanza es lo que le da el sosiego total y apacigua todo su interior. Sobre esta esperanza nos habló nuestro Señor: “Venid a Mí todos los que estáis fatigados y sobrecargados, y Yo os daré descanso” (Mateo 11,28), es decir, “Confiad en Mí y obtendréis el consuelo en vuestros afanes, y así es como os libraréis del temor”.

(Traducido de: Arhimandrit Dosoftei Morariu, Sfântul Serafim de Sarov, 2002, p. 376)

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