¡Todo cuanto respira alabe al Señor!

 

La unión de todo lo creado, para glorificar a Dios, es la consecuencia teológica de la unión de la naturaleza divina con la naturaleza humana creada para la eternidad, en la Persona de nuestro Señor Jesucristo, que comprende y asume el universo entero, uniéndolo con Dios.

Los Maitines son el más rico de los oficios diarios, debido a su vasto contenido de himnos, salmos y cánticos de alabanza a Dios el Altísimo, combinando armoniosamente elementos del Antiguo Testamento y aspectos de inspiración nueva, puramente cristiana, dispuestos por la Santa Iglesia para exaltar la Encarnación, la Pasión y la Resurrección del Señor.

De toda la poesía himnográfica comprendida en el canon general de los Maitines, un cántico realmente especial es: “¡Todo cuanto respira alabe al Señor!”, gracias a su contenido, conformado por los Salmos 148 y 150, en el cual todas las criaturas del Cielo, junto con todas las de la tierra, son llamadas a exaltar al Creador de todo, de modo que ángeles y hombres, al unísono, glorifiquen y alaben a Dios.

Son invocados, para alabar al Dios Celestial, tanto los seres vivos —los ángeles, los hombres de todos los pueblos del mundo, los pobres y los ricos, los reyes y los siervos, los jóvenes y los ancianos, las fieras terrestres, los reptiles y las aves—, como todas las cosas creadas por Sus Manos: lo que hay en la tierra, es decir, las montañas, las colinas y la naturaleza entera, y todo lo que existe en el universo, es decir, los astros, el sol, la luna y las estrellas, para que todo “alabe el nombre del Señor, porque Él lo mandó y fueron creados (Salmos 148, 5).

El hecho de que la tierra entera y todo lo que contiene, además de los astros celestes, obedecen la Palabra de Dios y se hallan en estrecha relación con su Creador, quedó evidenciado durante la Crucifixión de nuestro Señor Jesucristo, cuando, de acuerdo al relato de la Santa Escritura, la tierra se estremeció de dolor: “Entonces el velo del templo se rasgó en dos de arriba abajo; la tierra tembló y las piedras se resquebrajaron (Mateo 27, 51); y el sol, reacio a ver muerto a su Señor, volvió su rostro, dejando al mundo entre tinieblas.

Ciertamente, por la comunión creada entre las cosas celestiales y las terrenales, en el espíritu de alabanza al Señor, el cántico: “Todo cuanto respira...” es, por excelencia, aquello que une cielos y tierra en una sola Iglesia, ortodoxa, en la cual ángeles y hombres cantan juntos al Soberano de todo. Igualmente, la unión de todo lo creado, para glorificar a Dios, es la consecuencia teológica de la unión de la naturaleza divina con la naturaleza humana creada para la eternidad, en la Persona de nuestro Señor Jesucristo, que comprende y asume el universo entero, uniéndolo con Dios.

 

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