Un espléndido elogio del ayuno

 

Si renuncias al ayuno, es como si tú mismo te estuvieras desarmando.

Traducción y adaptación: Jose David Menchu

Dice San Basilio el Grande: “El ayuno es el mejor guardián del alma, el más confiable camarada del cuerpo, arma de los valientes, fortaleza de los atletas. El ayuno aleja los (malos) espíritus, llama a la piedad, hace apreciar la templanza, inspira modestia, da coraje en la guerra y te enseña a amar la paz. El ayuno le da alas a la oración, para que pueda elevarse y entrar en los Cielos. El ayuno es el sostén de los hogares, padre de la salud, consejero de los jóvenes, atavío de los ancianos, agradable compañero de viaje, amigo auténtico de los esposos”.

Si el ayuno te ofrece todo esto, ¿qué más necesitas?

Si renuncias al ayuno, es como si tú mismo te estuvieras desarmando.

Si el joven aprende hoy, de sus padres, a renunciar a la carne y a otras comidas, mañana aprenderá a abstenerse de las drogas, el tabaco y el alcohol. La lección de la abstinencia y de las restricciones que salvan al cuerpo y al alma en determinado momento, ayuda al hombre a salir indemne de incontables tentaciones y penas.

Pero dices: “Mi hijo es apenas un escolar, mejor que no ayune, para que pueda aprender bien”. Esto es un error, porque es posible aprender aún comiendo solamente frutas, vegetales, pan... Además, con el ayuno la mente se vuelve más ligera y el cuerpo más libre, capaz de mayores esfuerzos.

El cristiano tiene la prueba del ayuno para aprender a refrenarse, para cambiar el centro de su atención —de los bienes materiales a las bondades espirituales—, y para abrir la puerta del Cielo y del alma con la llave de la oración. Decía un Santo Padre que aquel que sabe dominarse a sí mismo es capaz de dominar también a los demás, con la sabiduría de su alma y su mente. Y es que el hombre suele verse a sí mismo superficialmente, preparado siempre para ceder el primer impulso en todo lo que hace, sin aconsejarse con su ángel, sin conectarse a la gracia con la que fuera deificado.

Aquellos que no confían en sí mismos pierden rápidamente la confianza en Dios... Y la relación con Dios se establece por medio de un fuerte conocimiento de sí mismo, por medio de una relación de amor con el prójimo.

(Traducido de: Adrian Alui Gheorghe, Cu părintele Iustin Pârvu despre moarte, jertfă și iubire, Editura Conta, 2006 p. 95-96)