El ajedrez, un ejercicio para la vida. Reflexiones para la juventud

 

Hace unos días me alegró participar en algunas partidas de ajedrez con un grupo de estudiantes de la Facultad de Teología de Iași (Rumanía), quienes habían organizado un torneo de la especialidad. Raras veces he tenido una oportunidad como esta. Aprendí a jugar ajedrez cuando tenía seis o siete años de edad, y me seguí adiestrando en su práctica, tanto en la escuela como en el instituto. El ajedrez aparecía entonces en el currículo de estudios, en la disciplina de Educación Física. Lo seguí practicando cuando hice el servicio militar, aunque en menor medida, porque este tipo de asuntos no eran estimulados, para no descuidar nuestros deberes castrenses.

Sobre la belleza y la utilidad del juego de ajedrez se ha hablado mucho y se seguirá haciéndolo. Observando el tablero de ajedrez, vine a darme cuenta de cuántas similitudes hay entre este juego y la vida del hombre. No pude evitar comentar con mi adversario de turno la importancia de los movimientos hechos en la apertura de la partida, así como no hacer analogías con la etapa de la juventud. Los movimientos que hace el jugador/joven en sus primeros años de escuela, en el instituto y aún en sus años de facultad, marcan el juego completo y la vida entera. Una apertura exitosa determina, en la mayoría de casos, el éxito de una partida de ajedrez, y en el caso de la vida de la persona, la victoria misma.

En la apertura se busca avanzar cuántas piezas sea posible y colocarlas en las casillas adecuadas, para favorecer una evolución segura y ventajosa. Cuando somos jóvenes, todos tenemos sueños y grandes expectativas. Pero, algunos jóvenes son cambiantes e imprevisibles. A veces toman decisiones que enfadan a la familia entera y a los amigos más cercanos. Un movimiento torpe o errado al comenzar la partida tendrá como consecuencia grandes pérdidas o situaciones difíciles de resolver durante el “juego”. Un error podría cambiar para siempre la vida y el futuro de la persona.

Necesitamos ser juiciosos al empezar a jugar, para no llegar, al final, a una partida frustrada o fallida, a la conclusión de una vida fracasada, cuyo resultado representa una suma de remordimientos y arrepentimientos por haber podido hacer más y vivido de mejor manera

Debemos preparar con tiempo nuestra estrategia de vida, nuestros movimientos, cómo defendernos, cómo atacar... Eso sí, sin olvidar jamás el hecho de que si bien la victoria es una parte importante de cualquier juego, su duración es más bien efímera. Las victorias en esta vida aún no son todo. Si introducimos en nuestro pensamiento la forma de alcanzar la vida eterna al lado de Cristo, Quien es Manantial de vida, las cosas se aclararán y todo obtendrá un sentido. Necesitamos alcanzar logros y realizar proyectos bellos y útiles en nuestra vida terrenal. Si, con todo, nuestros éxitos y victorias en esta vida perjudican la obtención del Reino de Dios, necesitaremos hacer algunos ajustes, una “reconfiguración”, del mismo modo en que el GPS del auto nos alerta cuando nos hemos desviado de nuestro rumbo, cuando “hemos tomado un camino equivocado”, que nos aparta del que lleva a nuestro destino.

Volviendo al juego de ajedrez, sí, tenemos muchas cosas bonitas por aprender. Aprendemos que en la vida no siempre ganamos, pero en cualquier momento podemos empezar una nueva partida, esta vez victoriosa, gracias a la lección aprendida en el juego anterior. Ciertamente, el ajedrez requiere entender determinadas estrategias lógicas. Aprendes que es importante sacar tus piezas a jugar desde el comienzo, a mantener el rey/alma a buen resguardo todo el tiempo, a no desperdiciar tus demás piezas. Aprendes también que puedes permitirte perder eso a lo que puedas renunciar, con tal de ganar. Los errores son inevitables, sobre todo para los principiantes. El ajedrez, como la vida, presupone equivocarse, pero también implica un proceso continuo de aprendizaje. Bueno es que, a lo largo de nuestra vida, tengamos cerca de nosotros un consejero, un maestro del juego. Su experiencia nos ayudará a reducir los riesgos y evitar las derrotas y el desánimo.

Para poder ganar, es necesario que conozcamos bien el poder de cada pieza, saber qué puede y qué no puede hacer. Es recomendable no bloquearle el paso con otras piezas. Un peón colocado torpemente puede cerrarle el campo de ataque a una torre o a la reina, por ejemplo. Semejante error inutiliza esas piezas tan importantes, impidiéndoles demostrar todo su potencial. En la vida, las preocupaciones menores e insignificantes nos impiden realizar proyectos de impacto en nuestra comunidad. Malgastamos nuestros dones, nuestro tiempo y nuestra inteligencia en actividades banales.

Es bueno que aprendamos, del ajedrez y no de la vida, que mientras más grande sea el valor de una pieza, más actractiva resultará para el ataque de las otras, inferiores, que buscarán la forma de arrebatarle su sitio.

El ajedrez requiere también de un poco de creatividad. Al igual que en la vida misma, la creatividad te libra de lo banal y de lo previsible, y, aún más, te abre nuevas oportunidades. Hay momentos en los que estás obligado a ser ingenioso; pienso, por ejemplo, en los momentos en los que te ves “arrinconado” y necesitas hallar una salida. En el tablero hay la posibilidad de practicar un gran número de hermosas combinaciones, que esperan solamente a que las construyas. Las situaciones difíciles provocan la construcción del mejor plan y así encontrar los mejores movimientos. El ajedrez te enseña a bregar solo, a tomar decisiones importantes para la partida, contando solamente con tu propio juicio. Esto implica calcular mucho, pero, para esto, ¡qué dicha!, necesitarás utilizar tu cabeza y no el ordenador. Este juego desarrolla la capacidad de prever las consecuencias de tus acciones. Aprendes a ponerte en la piel del otro y tratas de intuir qué pieza va a mover... porque te preguntas qué pieza moverías tú si estuvieras en su lugar. Sin embargo, no podemos prever todo y, así, inevitablemente terminaremos aprendiendo de nuestros errores. “Es necesario que pierdas cientos de partidas, antes de convertirte en un buen jugador”. Luego, aprendes también que, para llegar a ser diestro en esto, necesitarás de mucho tiempo y paciencia. Las cosas grandes jamás se obtienen ni fácilmente ni con rapidez. ¡Tengamos esto siempre presente!

El ajedrez es también una herramienta buena para el conocimiento y el autoconocimiento. Nos descubrimos a nosotros mismos y descubrimos también a nuestro oponente, a partir de su forma de jugar: si es agresivo, prudente, temeroso, valiente o creativo, dispuesto al sacrificio o muy atento y escrupuloso en lo que respecta a las normas de juego.

La última etapa de la partida, el final, presupone complejidad, profundos cálculos, mucha atención y concentración. Es el momento en el que valoramos hasta la más pequeña ventaja material o posicional. Las pocas piezas que nos quedan sobre el tablero son utilizadas al máximo. En esta etapa, las pérdidas y la impetuosidad resultan fatales. Si en la juventud se desperdician fácilemente las piezas importantes, ahora la partida podría ser decidida por un sólo peón. Al final del juego, el rey/alma es utilizado activamente. El ocaso de la vida hace que disminuya el dinamismo, en tanto que la profundidad de las meditaciones y la seriedad aumentan. Es ahora cuando entendemos bien los errores de nuestra juventud y nos arrepentimos por ellos. Evaluando otra vez la situación, descubrimos las oportunidades que hemos ido perdiendo.

Siempre debemos agradecerle a nuestro oponente por su juego impecable y felicitarle por sus movimientos realizados con destreza. Respetar a tu adversario es señal de nobleza, así como no subestimarlo lo es de tu buen juicio. No hay que olvidar que “es preferible un enemigo poderoso a un amigo débil”. ¡Tengamos el valor de jugar con los mejores!

Bien, es suficiente... por el momento. ¡El juego continúa!