Lo que puede lograr el amor y las oraciones de una esposa que sufre

 

No pierdas el valor, sino que acude con mayor fervor a Dios, arrojándote de rodillas ante la Reina de los Cielos, nuestra poderosa y constante Abogada ante Dios. ¡Oh, qué poderosas son sus oraciones ante el Señor por las mujeres como tú, que sufren sin culpa alguna!

Traducción y adaptación: Jose David Menchu

Te quejas, sierva de Dios, de tu esposo, y sufres por tu vida tan amarga. ¿Y cómo no habrías de sufrir, cómo no habrías de entristecerte? Es raro el día de Dios en el que tu infortunado esposo no bebe, raro es el día en que no le oyes insultarte, y a veces hasta viene y te golpea... El ebrio es como si estuviera loco, difícilmente podrías hacer algo que sea de su agrado, porque siempre buscará motivos para reñir... Entonces, ¿cómo no habrías de atribularte y llorar constantemente?

Y lloras, y te acongojas, sierva de Dios, porque la amargura golpea tu alma como una pesadísima roca, porque no puedes soportar tanta aflicción. Pero, llorando, no haces sino echar sal sobre las heridas de tu corazón. ¿Crees que tu marido es feliz en su estado actual, dominado por la embriaguez? ¿Acaso crees que su alma no sufre, que su conciencia no se atormenta? ¿Acaso no sufre también su cuerpo, envenenado por el alcohol? Es posible que su alma sufra aún más que la tuya: tú al menos tienes la conciencia tranquila, en tanto que él, esclavo de sus pasiones, no se puede controlar, porque el demonio de la bebida le atormenta. ¿Cómo no apiadarte de él? ¿Quién no habría de compadecerle, quién más podría ser su ángel guardián, sino tú, su auxilio otorgado por Dios? ¿Y quién está más cerca del hombre, que su propia esposa? “El hombre dejará a su padre y a su mandre, y se unirá a su mujer, y juntos serán un solo cuerpo” (Mateo 19, 5). Estas son palabras pronunciadas por el mismo Cristo, nuestro Señor. Por muy desagradable que sea tu esposo cuando bebe, sigue siendo un solo cuerpo contigo... y cuando a ti te duele la cabeza, ¿qué haces, te la arrancas?

Quizás Dios dispuso que te casaras precisamente con este pobre hombre, sometido a la pasión de la bebida, para que su desdichada alma alcanzara la salvación gracias a ti. Y si así están las cosas, piensa: ¡qué dicha tan grande dispuso Dios para ti, haciéndote la herramienta para la salvación de quien está a tu lado! Pensando en todo esto, ¿puedes seguir quejándote de tu suerte tan amarga?

Así pues, ¡utiliza toda la fuerza de tu amor, para salvar el alma de tu desdichado esposo! El amor de la esposa tiene una fuerza inconmensurable. Tu corazón fue creado para amar; entonces, debes vivir con el corazón, no con la mente, por medio del amor, no con razonamientos... ¿No quiere escucharte? ¿Te sigue insultando? No pierdas el valor, sino que acude con mayor fervor a Dios, arrojándote de rodillas ante la Reina de los Cielos, nuestra poderosa y constante Abogada ante Dios. ¡Oh, qué poderosas son sus oraciones ante el Señor por las mujeres como tú, que sufren sin culpa alguna! Para consolarte, te voy a compartir el testimonio de una mujer-mártir, semejante a ti, sobre la forma en que la Reina de los Cielos vino en su ayuda.

«¡Cuánta tristeza viví, cuántas lágrimas derramé desde mi juventud, cuando mi esposo empezó a beber! Se gastaba todo su salario en la cantina del pueblo vecino. Una vez, a finales de otoño, vino una fuerte ola de frío, y nuestros tres hijos se enfermaron gravemente. Entonces llegó la festividad del ícono de la Madre del Señor de Kazán. Ese día, cuando aún era muy temprano, oí que alguien llamaba a la puerta. Era la vecina, quien me contó que todo el mundo estaba comentando que la noche anterior mi esposo había bebido tanto, que se quedó sin dinero... Por eso, tuvo que pagar con la ropa que llevaba puesta, quedándose solamente en su ropa interior. Abatida, me dejé caer sobre una silla y me eché a llorar amargamente, llena de desesperanza en el corazón. Mi vecina se conmovió y se acercó a consolarme. “Hoy”, me dijo, “es la festividad de la Reina de los Cielos, y es pecado que llores así. Ven conmigo a la iglesia para orar, puede que te haga bien... Deja que tu suegra se quede al cuidado de los niños...”. No sabía qué más hacer ante tanta congoja, así que me levanté y nos fuimos juntas a la iglesia. Cuando llegamos, estaban cantando aquel bellísimo: “Incansable Protectora, Madre del Altísimo, tú que oras por todos nosotros ante Tu Hijo...”. Las lágrimas corrían con rapidez por mis mejillas, así que me arrodillé y comencé a orar sin poder contener el llanto. Sentía como si el corazón se me rompiera en pedazos. Postrada, no veía a nadie a mi alrededor, solamente escuchaba sus comentarios: “¿Por qué llora tanto esa mujer? ¿Se le murió el padre o la madre?”. “No”, respondían otros, “sus papás murieron hace mucho tiempo... es por causa de su esposo que llora así”. Entonces comencé a llorar con más fuerza, pero también a orar con insistencia: “¡Madrecita y Protectora mía! ¿Cómo puedo seguir viviendo así? ¡No me iré de tu lado, pero ven y socórreme, intercede por mí!”. Y así lo hizo la Reina de los Cielos, porque atendió mi amarga súplica. Nunca lo olvidaré. Al terminar la Liturgia, volví a casa y al llegar vi algo que me dejó estupefacta... Mi esposo estaba allí, sentado, y no parecía ebrio. Sin querer, exclamé: “¿Qué es esto, Señor? ¡No me digas que has dejado de beber, hombre!”. “Sí”, me respondió él, casi sin atreverse a mirarme a los ojos. Y me contó que, por la mañana, al despertarse, se fue otra vez a la cantina, pero, al llegar y poner la mano en la manija de la puerta, oyó que alguien le ordenaba: “¡Vuelve a casa inmediatamente!”. Sin explicarse por qué se sentía tan asustado, corrió de vuelta a casa,,, Han pasado ya 25 años desde ese día, y jamás volvió probar una sola gota de alcohol».

Así termina el relato de aquella sencilla mujer, a la que la Reina de los Cielos ayudó para que su marido espabilara y se librara del vicio de la bebida. Pídele tú también por tu esposo, ora pidiendo el auxilio de los santos de Dios, sobre todo el del Mártir Bonifacio, quien también fue tentatado por el desenfreno y la embriaguez, razón por la cual acude pronto al auxilio de quienes son tentados por dichas pasiones.

(Traducido de: Sfântul Tihon din Zadonsk, Cum să întemeiem o familie ortodoxă, Editura Sophia, Bucureşti, 2011, p. 127-133)