Ante un mundo que promueve el ocio y la distracción…

 

Una vida de distracciones fomenta la multiplicación del mal en el mundo, en tanto que la atención a uno mismo y la vigilancia espiritual pueden favorecer su desaparición, lo cual implica, necesariamente, el crecimiento del bienestar en la humanidad.

San Ignacio Brianchianinov nos enseña que “al hombre debe prohibírsele cualquier actividad que pudiera insensibilizarle”. Debemos invertir nuestro tiempo de una manera tal que podamos permanecer constantemente ocupados en actividades sensibles, provechosas y prácticas. La realización de responsabilidades públicas o privadas sin mucho bullicio y agitación, jamás nos llevará a una tener una vida convulsa; al contrario, nos guiará a una vida con atención a lo que sucede en nuestro interior, a una incesante vigilancia del corazón. Todo esto se pierde cuando desperdiciamos nuestro tiempo con actividades frívolas y ociosas.

Ante todo, debemos temerle y evitar a toda costa caer en el ocio. Las bromas infantiles y el palabrerío son cosas perniciosas e incorrectas, pero muy populares y apreciadas en la actualidad, por parte de aquellos que son incapaces de medir el impacto y la gravedad de lo que dicen y hacen. Igual de dañinas son las figuraciones o fantasías, que alejan al hombre de la vida real, para llevarlo a un mundo ficticio, presa de toda clase de pensamientos y sentimientos sobre cosas imaginarias.

En una palabra, es necesario saber controlarnos e impedir que nuestros sentimientos se inclinen a ilusiones externas, para ocuparnos honesta y concienzudamente de nuestras responsabilidades públicas o privadas, sin caer en la agitación o la irascibilidad.

Una vida de distracciones fomenta la multiplicación del mal en el mundo, en tanto que la atención a uno mismo y la vigilancia espiritual pueden favorecer su desaparición, lo cual implica, necesariamente, el crecimiento del bienestar en la humanidad.

(Traducido de: Arhiepiscopul Averchie TaușevNevoința pentru virtute. Asceza într-o societate modernă secularizată, traducere de Lucian Filip, Editura Doxologia, Iași, 2016, pp. 131-132)