¿Con cuánta fuerza deseamos volver al Padre?
El amor y el anhelo que un padre siente por su hijo, por bueno que este sea, no pueden compararse con el anhelo del Paraíso, con el deseo de partir de este mundo y vivir la vida eterna junto a Cristo.
Imaginemos que hay un niño maravilloso, que posee todas las virtudes y todos los bienes del mundo. Tan grande es su alegría y su bondad, que todo aquel que se acerca a él experimenta un amor inmenso, una profunda ternura y admiración. Piensen ahora: ¿qué no estaría dispuesto a dar el padre de ese niño con tal de no perderlo? ¿Cuántos sufrimientos, grandes o pequeños, aceptaría soportar para conservarlo a su lado?
Algo semejante deberíamos sentir nosotros por la gloria del Reino de los Cielos. El amor y el anhelo que un padre siente por su hijo, por bueno que este sea, no pueden compararse con el anhelo del Paraíso, con el deseo de partir de este mundo y vivir la vida eterna junto a Cristo.
El infierno es algo imposible de sufrir. El infierno es espantoso. Y, sin embargo, mil infiernos reunidos no pueden compararse con la pérdida de aquella gloria divina, con la separación de Cristo, con escuchar de Sus labios aquellas terribles palabras: “No os conozco” (Mateo 25, 12). Más nos valdría que cayera sobre nosotros cualquier cantidad de rayos antes que contemplar el rostro del Santísimo rechazándonos y sentir Su serena mirada posarse sobre nosotros.
(Traducido de: Sfântul Ierarh Ioan Gură de Aur, Problemele vieții, Editura Egumenița, Galați, p. 55)
