Cuerpo y alma, lucha por la supremacía

 

El alma, olvidando sus mejores afanes, extrajo de las simples necesidades del cuerpo un sinfin de tendencias en contra de su naturaleza, que se hicieron, debido a su falta de medida, anormales también para el cuerpo.

“Los que son de Cristo se han crucificado el cuerpo junto a sus vicios y deseos”.

Ahora este orden se ha invertido: los hombres se crucifican el cuerpo, pero no junto a sus vicios y deseos, sino por sus vicios y deseos. ¡De qué forma se castigan el cuerpo actualmente, por medio de la gula, la ebriedad, el desenfreno, los bailes y las fiestas! Ni el capataz más inhumano escarmienta de tal forma al ternero más holgazán...

Si le diéramos a nuestro cuerpo la libertad de expresarse, sus primeras palabras serían, sin duda, en contra de su dueño, el alma, porque ésta se entromete de forma ilegítima en sus asuntos, llenándolo de perversiones que le son ajenas y ejecutándolas él, le atormenta. De hecho, las necesidades de nuestro cuerpo son simples e inocentes. Tomemos como ejemplo a los animales: ellos no comen hasta hartarse, no duermen más de la cuenta y, realizando sus necesidades físicas cuando deben, permanecen en paz durante largos períodos. Sólo el alma, olvidando sus mejores afanes, extrajo de las simples necesidades del cuerpo un sinfin de tendencias en contra de su naturaleza, que se hicieron, por su desmesura, anormales también para el cuerpo. Por esto, para eliminar del alma los vicios corporales que se han anidado en ella, debemos crucificar el cuerpo, pero de una manera completamente distinta; es decir, evitando dejarlo en libertad y no dándole lo que le es necesario; o dándole lo que necesita, pero en una medida menor de lo que su naturaleza pudiera pedirnos.

(Traducido de: Sfântul Teofan Zăvorâtul, Tâlcuiri din Sfânta Scriptură pentru fiecare zi din an, Editura Sophia, București, p. 34)

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