Palabras de espiritualidad

De por qué el demonio prefiere atacarnos cuando oramos

    • Foto: Oana Nechifor

      Foto: Oana Nechifor

Si las tentaciones vienen de los demonios, ¿cómo nos puede purificar la oración, si su origen está afuera de nosotros? ¿No nos atacarán siempre los demonios? Ciertamente, las tentaciones persistirán, pero no en el alma, sino desde afuera de ella.

Muchas veces, cuando oramos tenemos que enfrentar tantas tentaciones, ¡que hasta nos parece que estaríamos más tranquilos si no oráramos! Esta es una de las artimañas más antiguas y más conocidas del maligno, que nos arrastra a pensar que cuando oramos las cosas nos salen mal y, si no oramos, es mucho mejor. ¡Gracias a Dios que el demonio no es muy inteligente que digamos, y sus ardides suelen ser los mismos!

Cuando no oras, tu alma parece cristalina como el agua de un lago. Pero es un lago lleno de sedimento, porque, si revuelves un poco el agua con un palo o una rama, se vuelve turbia. Lo mismo pasa con la oración: agita el alma y saca a la superficie todo el mal que tiene acumulado en el fondo. Por eso, si perseveramos pacientemente en nuestra oración, las tentaciones se disipan y poco a poco podemos echar todos los malos pensamientos que subyacen en nosotros.

¿De dónde vienen esas tentaciones? De los demonios.

Si vienen de los demonios, ¿cómo nos puede purificar la oración, si su origen está afuera de nosotros? ¿No nos atacarán siempre los demonios? Ciertamente, las tentaciones persistirán, pero no en el alma, sino desde afuera de ella. Porque dejarán de encontrar la maldad que antes les servía de alimento en el alma que ahora se ha purificado, y empezarán a debilitarse, dejando de atacarnos como lo hacían antes. “Se obstinan en sus malos propósitos y esconden sus trampas con astucia, pensando: ‘¿Quién podrá verlo?’. Proyectan maldades y disimulan sus proyectos: su interior es un abismo impenetrable” (Salmos 63, 6-7).

(Traducido de: Jean-Claude LarchetȚine candela inimii aprinsă. Învățătura părintelui Serghie, Ed. Sophia, București, 2007, p. 121)