Después de comulgar somos más luminosos, más serenos, más llenos de alegría

 

No conocemos, no podemos conocer el misterio de la Santa Eucaristía, el misterio de la unión contigo, Oh, Dador de Vida, pero luego de comulgar nos sentimos más lumimosos, más serenos, más llenos de felicidad, más fuertes y rebosantes de vida. ¿Qué más podríamos necesitar?

El hombre confía en su amigo, algo que no podrá hacer con un adversario. Ningún mortal ha tenido y no hubiera podido tener, incluso en la persona de su propio padre o su propia madre, un amigo tan grande, tan cierto como nuestro Señor Jesucristo. ¿Acaso no atenderemos lo que nos dice un amigo tan grande, cuando nos aconseja o nos ordena hacer algo? Porque Él dijo: “En verdad les digo que si no comen la carne del Hijo del hombre y no beben Su sangre, no tendrán vida en ustedes. El que come Mi carne y bebe Mi sangre tiene vida eterna, y yo lo resucitaré el último día. Porque Mi carne es verdadera comida y Mi sangre es verdadera bebida. El que come Mi carne y bebe Mi sangre permanece en Mí y Yo en él.” (Juan 6, 53-56),

Oh, hermanas, digamos en nuestras oraciones: “Escuchamos Tu Santa palabra, Oh, Señor y Salvador, la atendemos y la obedecemos. Recibimos la comunión, comulgamos con Tu Cuerpo y Sangre, a pesar de no ser dignos; perdónanos, en nombre de la salvación de nuestras almas. No conocemos, no podemos conocer el misterio de la Santa Eucaristía, el misterio de la unión contigo, Oh, Dador de Vida, pero luego de comulgar nos sentimos más lumimosos, más serenos, más llenos de felicidad, más fuertes y rebosantes de vida. ¿Qué más podríamos necesitar?” El sentimiento es más poderoso que el conocimiento. El corazón es más sensible que la mente. El amor es más grande que la razón.
 

(Traducido de: Sf. Nicolae Velimirovici, Sf. Justin Popovici, Lupta pentru credință și alte scrieri, traducere de prof. Paul Bălan, Editura Rotonda, Pitești, 2011, pp. 32-33)

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