“Dios está con nosotros” (Carta pastoral de Navidad, año 2020, por S.A.E. Teófano, Metropolitano de Moldova y Bucovina)

 

Pidámosle a DIos que nos conceda mucha más fe, mucha más esperanza y mucho más amor, para que también nosotros podamos irradiar a quienes nos rodean alegría, valor y consuelo espiritual.

† TEÓFANO

Por la Gracia de Dios, Arzobispo de Iaşi y Metropolitano de Moldova y Bucovina.

Amados párrocos, piadosos moradores de los santos monasterios y pueblo ortodoxo de Dios, del Arzobispado de Iaşi: gracia, alegría, perdón y auxilio del Dios glorificado en Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo.

“¡No tengáis miedo, pues os anuncio una gran alegría, que lo será para todo el pueblo!” (Lucas 2, 10)

Amados hermanos sacerdotes,

Venerable comunidad monástica,

Cristianos ortodoxos,

Por la misericordia de Dios, he aquí que hemos llegado, una vez más, a la gran fiesta de la Natividad de nuestro Señor Jesucristo. Estamos finalizando un año que vino a alterar profundamente la vida del mundo entero. La epidemia surgida en el invierno pasado trajo mucho dolor, miedo, confusión e intranquilidad a nuestras almas. Inesperadamente, muchos de nosotros vimos partir a la eternidad a algunos de nuestros seres queridos. Hay quienes han tenido que enfrentar los terribles tormentos de la enfermedad, en tanto que otros sienten miedo a contagiarse, lo que significa, implícitamente, que le temen a la muerte. Aún más difícil de enfrentar resulta la inseguridad del mañana, con todo lo que le concierne. Especialmente, vivimos la incertidumbre de no saber cuándo pasará esta epidemia, motivo por el cual nos descubrimos cada vez más endebles antes las restricciones que nos han cambiado la vida.

Todo este desasosiego y todo este dolor pueden terminar abrumando y doblegando al hombre, especialmente cuando, para él, la única realidad es este mundo. Por su parte, el hombre de fe sabe que, por difíciles que parezcan los obstáculos y las pruebas de la vida, siempre hay una esperanza, y esa esperanza es Dios.

Amados hermanos y hermanas en Cristo el Señor,

El Nacimiento de Cristo representa un momento histórico concreto, acontecido hace dos mil veinte años. Al mismo tiempo, es un suceso que permanece siempre actual, siempre vivo y siempre presente. Esto, porque “Jesucristo es el mismo ayer y hoy, y lo será por siempre” (1), lo que significa que todo lo que Cristo hizo en su momento permanecerá siempre activo en nuestra vida, indiferentemente del tiempo y el lugar.

El Hijo de Dios nace como hombre en el pesebre de Belén, para poder acercarse lo más posible a nosotros. Haciéndose hombre, semejante a nosotros, Cristo el Señor nos revela a Dios tal cual es, es decir, un amor infinito, “porque Dios es amor” (2). En verdad, el amor de Dios fue demostrado plenamente con la Encarnación de Su Hijo: “Porque tanto amó Dios al mundo, que dio a Su Hijo único para que quien crea en Él no perezca, sino que tenga vida eterna” (3). Cristo, el Señor, ama tanto al mundo, que se hace crucificar, muere y resucita, porque “no hay amor más grande que dar la vida por los amigos” (4).

Con la Encarnación y el Nacimiento de Cristo, Dios desciende entre nosotros. “Viniendo a nosotros nuestro Señor, el Amanecer de los amaneceres”, dice un cántico de la Iglesia en estos días, “tanto quienes estaban en la oscuridad como los que estaban en la sombra conocieron la verdad de que el Señor nació de la Virgen” (5). Nuestro Señor Jesucristo viene a nosotros para quitar “el pecado del mundo” (6), es decir, todo el peso y el sufrimiento causados por habernos alejado de la Fuente de la vida, que es Dios. Él viene a un mundo desorientado, impotente, lleno de pasiones, desesperanza y temor, a un mundo situado en “entre tinieblas y a la sombra de la muerte” (7), y nos dirige unas palabras llenas de esperanza y consuelo: “¡Atreveos! Yo he vencido al mundo” (8); “Soy Yo, no temáis” (9); “Venid a Mí todos los que estáis afligidos y agobiados, y Yo os aliviaré” (10); “Yo soy la resurrección y la vida; El que cree en Mí, aunque muera, vivirá” (11).

Pero la palabra de Cristo no es una simple exhortación humana, psicológica, destinada solamente a tranquilizarnos o hacernos olvidar por un momento nuestras aflicciones y dolores. Es también fuente de vida y de poder. Cristo se convierte en un sentido para nuestra vida, una guía en el complicado camino de la existencia humana, luz y verdad. A medida que seguimos a Cristo, Su vida se convierte en la nuestra, y nuestra vida se vuelve la Suya. En el contexto de este asombroso intercambio de vida entre Dios y el hombre, se forma el hombre verdadero, “el hombre interior del corazón” (12), “el hombre espiritual” (13), formado “no con palabras aprendidas de la sabiduría humana, sino con el lenguaje que el Espíritu de Dios nos ha enseñado” (14).

Tal hombre, cuyo nivel todos debemos alcanzar, entiende con certeza lo que ocurre en el mundo, en su país y en la Iglesia. La actual epidemia, sus consecuencias para nuestra vida y la del mundo, sumado a los retos que todo esto genera, son cosas que para él tienen un sentido, una dirección, una luz. 

Amados fieles,

Desde la perspectiva de la eternidad, los tiempos que vivimos, con todo su dolor, tienen también un lado bueno: nos ayudan a ver con claridad el estado de nuestra relación con Dios y con los demás. Si somos honestos, veremos que en nosotros hay muy poca fe y esperanza en Dios, muy poco amor y comprensión para con nuestros semejantes, mucho egoísmo, y una fuerte tendencia a aferrarnos a las cosas de este mundo. Esta comprobación que hacemos en los tiempos de la actual epidemia, puede ser también una oportunidad para transformar nuestra vida, para reconsiderar nuestro sistema de valores, y comprometernos con mayor determinación en el camino que lleva a Dios y a nuestro hermano.

El camino hacia una vida más auténtica, en el espíritu de la humildad, la oración y el arrepentimiento, significa realizar la voluntad de Dios, Quien “se esconde en Sus mandamientos, y quienes lo buscan a Él, lo encuentran en la medida en que cumplen con esos mandamientos” (15).

La realización de la voluntad de Dios, expresada en los mandamientos, no puede llevarse a cabo sino con la ayuda de la Gracia Divina, que nos es compartida por medio de los Santos Misterios. Por eso es que necesitamos la Divina Liturgia, la Confesión y la Santa Comunión con el Cuerpo y la Sangre de Cristo. Muchos de los fieles, en todo este período, por temor a contagiarse, no se han confesado ni han comulgado. Pero ¿qué significa la vida sin Dios? “¿De qué le vale al hombre ganar el mundo entero si pierde su alma?” (16) ¿De qué le sirve al hombre conservar esta vida, sin tener la perspectiva de la eternidad?

Una vida más auténtica implica un estrecho vínculo con Dios, por medio de la oración. En la medida en que nuestro corazón se ensancha (17), abarcando en la oración a más y más de nuestros semejantes —incluso a aquellos que nos hacen el mal o nos odian—, la vida espiritual adquiere un lugar más preponderante en nosotros y, con esta, el poder de ser pacientes en el sufrimiento, una vida de familia lo más pura posible y, desde luego, la victoria sobre la muerte, “el último enemgo” (18).   

Cristianos ortodoxos,

Hallándonos en la santa atmósfera de la fiesta de la Natividad de nuestro Señor, permitamos que el misterio del descenso de Dios entre nosotros nos inunde. Pidámosle a Él que nos conceda mucha más fe, mucha más esperanza y mucho más amor, para que también nosotros podamos irradiar a quienes nos rodean alegría, valor y consuelo espiritual.

Que Dios nos cubra a todos con la misericordia de Su amor, Su perdón y Sus bendiciones, para que podamos exclamar con los ángeles: “¡Gloria a Dios en el Cielo y en la tierra paz, entre los hombres buena voluntad!” (19).

¡Les deseo a todos una fiesta de la Natividad del Señor con mucha paz y gozo espiritual!  Que la Santísima Madre de Dios, fuente de consuelo en tiempos difíciles, nos proteja y nos cuide en el Año Nuevo, pidiéndole a Cristo nuestro Señor que nos conceda salud, sanación de toda enfermedad, coraje ante las dificultades diarias, y éxito en nuestra propia vida, la de nuestra familia, la de la Iglesia y la de nuestra nación.

Su hermano y padre en el servicio de la Viña de la Iglesia de Cristo,

† TEÓFANO

Metropolitano de Moldova y Bucovina

                 

Notas bibliográficas:

1) Hebreos 13, 8.

2) 1 Juan 4, 8.

3) Juan 3, 16.

4) Juan 15, 13.

5) Exapostilaria en los Maitines de la Natividad del Señor, en la Mineia del mes de diciembre.

6) Juan 1, 29.

7) Mateo 4, 16.

8) Juan 16, 33.

9) Juan 6, 20.

10) Mateo 11, 28.

11) Juan 11, 25.

12) 1 Pedro 3, 4.

13) 1 Corintios 2, 15.

14) 1 Corintios 2, 13.

15) P. Arsenie Papacioc, en “Ne vorbește Părintele Arsenie”, ediția a II-a, volumul I, Editura Mănăstirea Sihăstria, 2010, p. 51.

16) Marcos 8, 36.

17) cf. II Corintios 6, 13.

18) 1 Corintios 15, 26.

19) Lucas 2, 14.