El amor de la Madre de toda misericordia
¡Gloria a su misericordia, gloria a su bondad indescriptible, gloria a la abundancia de sus bondades, ahora y siempre y por los siglos de los siglos!
Un pecador arrepentido se había propuesto orar varias veces al día a la Santísima Madre de Dios, repitiendo las palabras del Arcángel Gabriel: “¡Alégrate, llena de gracia!”.
Una vez, preparándose para ir a ocuparse de sus asuntos cotidiano, se dirigió al ícono de la Santísima Madre de Dios para orar primero, como acostumbraba, y después ir a realizar sus tareas. Y he aquí que, cuando comenzó a orar como de costumbre, de repente se apoderó de él un temor que sobrepasaba toda experiencia natural: vio cómo la imagen del ícono cobraba movimiento y la Santísima Madre de Dios se le mostraba viva, junto con su Hijo, a quien sostenía en sus purísimas manos...
Al Niño Divino se le habían abierto heridas en las manos, en los pies y en el costado, y de ellas brotaba la sangre a raudales, exactamente como en la cruz...
Al ver esto, el hombre se horrorizó y exclamó:
—¡Oh, Señor! ¿Quién ha hecho esto?
La Madre de Dios le respondió:
—Tú y los demás pecadores; ustedes lo crucifican nuevamente con sus pecados, como lo hicieron los judíos.
Entonces el pecador rompió a llorar y dijo:
—¡Ten misericordia de mí, oh Madre de la misericordia!
Y Ella respondió:
—Ustedes me llaman Madre de la misericordia, pero con sus obras se burlan de mí y me afligen.
—¡No, Señora! —exclamó el hombre—. ¡Que no sea así! ¡Que mi maldad no venza tu bondad indescriptible y tu misericordia! Tú sola eres la esperanza y la intercesora de todos los pecadores. ¡Ten piedad, Madre buena! ¡Ora por mí a tu Hijo y a mi Creador!
Entonces la Misericordiosísima Madre comenzó a suplicar a su Hijo, diciendo:
—¡Hijo mío, Tú que eres bueno! Por amor a mí, ten misericordia de este pecador.
Y el Hijo respondió:
—No te entristezcas, Madre mía… pero no voy a escucharte. También Yo imploré al Padre que apartara de Mí el cáliz de los sufrimientos, y Él no me escuchó.
La Madre de Dios dijo:
—Acuérdate, Hijo mío, del seno que te alimentó y perdónalo.
Pero el Hijo respondió:
—También por segunda vez rogué al Padre que apartara de Mí el cáliz, y Él no me escuchó.
La Madre de Dios volvió a decir:
—Acuérdate de los dolores que soporté junto a Ti cuando Tú estabas en la cruz y Yo estaba junto a ti, con el corazón herido, pues una espada había atravesado mi alma.
Y el Hijo respondió:
—Por tercera vez supliqué al Padre que apartara de Mí el cáliz, pero Él no quiso escucharme.
Entonces la Madre de Dios se levantó, puso a su Hijo a un lado y quiso arrojarse a sus pies...
—¿Qué quieres hacer, oh Madre mía? —exclamó el Hijo.
—Permaneceré a tus pies, junto con este hombre, hasta que le perdones sus pecados.
Entonces el Hijo dijo:
—La ley ordena que todo hijo honre a su madre, y la justicia exige que quien ha dado la ley sea también quien la cumpla. Yo soy tu Hijo. Tú eres mi Madre, y Yo debo honrarte, cumpliendo lo que me pides. ¡Sea, pues, conforme a tu deseo! Desde ahora, a este hombre le son perdonados sus pecados por amor a ti. Y como señal del perdón, mis heridas se cerrarán.
El pecador se levantó temblando, se acercó con alegría y besó con sus labios las purísimas heridas del Señor. Solo entonces volvió en sí.
Cuando terminó la visión, sintió en su corazón tanto temor como alegría. Se acercó al ícono de la Madre de Dios, le dio las gracias y le pidió que, así como había contemplado en la visión la bondad del Señor al perdonarlo, tampoco en la vida futura fuera privado de esta misericordia.
Desde entonces, enmendó su vida y comenzó a vivir de una manera agradable a Dios.
«Observa—concluye esta narración San Demetrio de Rostov— el cuidado que tiene nuestra Protectora por el perdón de nuestros pecados.»
¡Gloria a su misericordia, gloria a su bondad indescriptible, gloria a la abundancia de sus bondades, ahora y siempre y por los siglos de los siglos! Amén.
(Traducido de: Sfântul Dimitrie al Rostovului, Viața și omiliile, Editura Egumenița, Alexandria, pp. 28-29)
