El arrepentimiento que nos lleva a llorar por nuestras faltas

 

Si Dios lo consiente, nos permitirá lavarle Sus purísimos pies. Y esto será una señal de Su miericordia para con nosotros, criaturas Suyas.

Traducción y adaptación: Jose David Menchu

De acuerdo con San Isaac el Sirio, las lágrimas son algo que se encuentra entre la mente y el cuerpo: son una señal física del estado de la mente. Son, además, un don que le agrada a Dios, aunque no todos participan de él. Sabemos que la mujer pecadora lavó los pies de nuestro Señor Jesucristo con sus lágrimas, y Él la perdonó, por la honra que le presentó y por el hecho de haber deseado con todo el corazón que sus pecados fueran perdonados. Pero no ocurrió lo mismo con el hijo pródigo, quien también se arrepintió y quiso volver.

El regreso, la contrición en sí, es renunciar al pecado. Esto es lo esencial. San Isaac el Sirio habla de las lágrimas de tristeza y de las lágrimas de alegría. El estado del alma puede ser, en este sentido, uno de tristeza por los pecados cometidos, lo cual puede llevar a algunas personas a llorar con profundo pesar. En cambio, otros tienen una sensibilidad especial para la alegría que viene de Dios, aunque también esto pueda hacerles llorar.

Las lágrimas no son lo esencial: lo importante es el estado del alma. Desde luego, esas lágrimas son deseables. Nosotros, por ejemplo, tenemos en los oficios litúrgicos un texto que dice así: «Concédeme el don de las lagrimas, oh Dios, como las de la mujer pecadora, y haz que pueda lavar Tus preciosísimos pies, que me han librado del camino de la perdición, y presentarte una mirra fragante: una vida pura, obtenida con la contrición, para que pueda escuchar Tu añorada voz: “¡Tu fe te ha salvado, puedes irte en paz!”».

En esta oración, dirigida a nuestro Señor Jesucristo, le pedimos que nos conceda el don de las lágrimas. Tenemos pecados, sí, ¡Dios sabe cuántos!, pero nos falta la disposición espiritual de la mujer pecadora. Por eso es que decimos: “Concédeme el don de las lagrimas, oh Dios, como las de la mujer pecadora, y haz que pueda lavar Tus preciosísimos pies, que me han librado del camino de la perdición”. Así, le pedimos a Dios un don especial.

Nuestra mirra debe ser una vida pura, alcanzada gracias a la contrición, porque el arrepentimiento trae la pureza. Se lo pedimos a Dios, tal como la mujer pecadora, aun sabiendo que nuestro estado es peor que el de ella. Si Dios lo consiente, nos permitirá lavarle Sus purísimos pies. Y esto será una señal de Su miericordia para con nosotros, criaturas Suyas.

(Traducido de: Arhimandritul Teofil PărăianDin ospățul credinței, Editura Mitropoliei Olteniei, pp. 65-66)