El don de la humildad

 

Ya que no tenemos amor a Dios para practicar las virtudes, ¡tengamos al menos humildad! Lo poco que cumplamos será considerado igual a los grandes trabajos y luchas ascetas de los antiguos monjes.

Traducción y adaptación: Jose David Menchu

Para fortalecer espiritualmente a las monjas que tenía a su cargo y para instarlas a ser más perseverantes en la búsqueda de la humildad, el anciano Antimo decía:

“Ya que no tenemos amor a Dios para practicar las virtudes, ¡tengamos al menos humildad! Lo poco que cumplamos será considerado igual a los grandes trabajos y luchas ascetas de los antiguos monjes. Muchos de ellos no dudaron en dar hasta su propia sangre, otros fueron lanzados al mar, otros practicaron durante años el ascetismo más duro en el desierto, otros fueron descuartizados por sus verdugos. En lo que respecta a nosotros mismos, ¡reemplacemos todos esos tormentos con la práctica de la humildad! Deseo darles algunos consejos en este sentido. Viene una persona y te dice algunas cosas y esas palabras te atraviesan como si fueran una espada. ¡No respondas, sino póstrate hasta el suelo para terminar con la discusión! Viene otro y te insulta, te grita palabras que te duelen en el alma, tocando tu propio ser, atravesándote el corazón. Mantén la calma y póstrate hasta el suelo, para que esa espada pase sobre tí, sin tocarte. Por tu humildad, Dios te va a recompensar así como lo hizo con los que se esforzaron en el más duro ascetismo o los que sufrieron martirio”.

(Traducido de: †Andrei Andreicuț, Cuvintele Bătrânilor, Editura Reîntregirea, Alba Iulia, 2004, p. 31)

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