El ermitaño y el zapatero

 

Dios tiene suficientes justos y virtuosos en cada ciudad y en cada aldea, personas con sus propias familias y problemas, pero que nos superan a todos en paciencia, ayuno, oración, caridad y pureza de vida.

Una noche, mientras conversaba con un grupo de fieles, les relató lo siguiente:

«¡Escuchen! Había una vez un ermitaño, al que un día se le ocurrió preguntarse a quién se asemejaba en virtud. ¿A San Antonio? ¿A San Macario?  Y he aquí que en ese momento escuchó una voz: “¿Qué piensas, padre? ¡Ni siquiera has alcanzado el nivel de Zacarías, el zapatero de Constantinopla!”. Y no se quedó en paz hasta que no se puso de camino para ir a buscar al susodicho obrero.

—¿Aquí vive Zacarías? Dios me ha enviado a buscarte. Pero no entraré en tu casa, ni me sentaré, ni comeré nada de lo que me sirvas, si antes no me hablas de tu vida.

—¿Quién soy yo, padre, para que mi vida pueda agradarle a Dios? Soy un simple laico, y esta es mi mujer. Eso sí, lo que gano con el trabajo de mis manos, lo reparto entre tres. Una parte se las doy a los pobres, otra a las iglesias y monasterios, y la última parte la utilizamos para cubrir nuestras necesidades familiares.

—¡No, no! Seguramente hay algo más… ¡Te imploro que me digas que otra virtud tienes!, insistió el anciano.

Viendo lo agitado que parecía el monje, Zacarías respondió, bajando la mirada por el rubor:

—Bueno… llevo quince años casado con mi esposa, pero jamás he dormido en el mismo lecho que ella.

Oyendo esto, el anciano suspiró agradecido y regresó a su celda, glorificando a Dios sin cesar».

Lo anterior se los he relatado para que eviten el orgullo, cueste lo que cueste. Porque Dios tiene suficientes justos y virtuosos en cada ciudad y en cada aldea, personas con sus propias familias y problemas, pero que nos superan a todos en paciencia, ayuno, oración, caridad y pureza de vida.

(Traducido de: Părintele Paisie Olaru, povățuitor spre poarta Raiului​, Editura Doxologia, Iași, 2010)