“El Misterio de la Natividad es el misterio del amor humilde y misericordioso de Dios” (Carta pastoral de Su Beatitud Daniel, Patriarca de Rumanía, 2020)

 

La festividad de la Natividad del Señor es un motivo para fortalecer la comunión, y una oportunidad para ayudarnos recíprocamente y practicar la caridad, que son frutos de la fe correcta y un testimonio de nuestro amor humilde hacia Dios y hacia nuestros semejantes.

† Daniel

Por la Gracia de Dios, Arzobispo de Bucarest, Metropolitano de Muntenia y Dobrogea, Lugarteniente del Trono de Cesárea de Capadocia y Patriarca de la Iglesia Ortodoxa Rumana.

Piadosísima comunidad monástica, muy venerable clero y cristianos ortodoxos de la Metropolía de Bucarest

Gracia, paz y alegría de nuestro Señor Jesucristo, y de parte nuestra, paternales bendiciones.

 “Porque tanto amó Dios al mundo, que dio a Su Hijo Único, para que quien crea en Él no perezca, sino que tenga vida eterna” (Juan 3, 16)

Piadosísimos y muy venerables Padres,
Amados fieles,

La fiesta de la Natividad de nuestro Señor Jesucristo es, ante todo, la celebración del amor humilde y generoso de Dios por el mundo. Es la fiesta del amor piadoso del Hijo eterno de Dios, Quien se humilló a Sí mismo, haciéndose un hombre mortal para alzar al hombre desde el pecado y la muerte, otorgándole la vida y la gloria eternas. El misterio de la Navidad es, así pues, el del amor humilde y compasivo de Dios, para que nosotros nos hagamos semejantes a Él por medio del amor misericordioso (cf. Lucas 6, 36). Descendiendo entre nosotros, el Hijo de Dios nos abrió el camino para que nos alzáramos hacia Él.

El misterio del amor humilde del Hijo de Dios, Quien se hizo hombre desde el amor infinito al hombre, es el cimiento y el corazón de la fe cristiana. Este santo e inconmensurable misterio de la humanización de Dios o de la encarnación de Cristo, fue el propósito por el cual Dios creó el mundo. Este misterio fue anunciado por los profetas de Dios, inspirados por el Espíritu Santo; después fue vivido y testimoniado por los Apóstoles de Cristo (cf. Romanos 1, 2), defendido y dogmatizadol ante los herejes por los Padres de la Iglesia, pensado en la teología y cantado en la vida itúrgica por todos los cristianos ortodoxos y amantes de Dios.

Así, ochocientos años antes de Cristo, el profeta Isaías habló de Su nacimiento de una virgen, cuando se refiera a la maravillosa señal que Dios habría de darle al linaje de David: “El Señor mismo os dará una señal. Mirad: la virgen encinta da a luz un hijo, a quien ella pondrá el nombre de Emanuel” (Isaías 7, 14); “Porque un Niño nos ha nacido, un Hijo se nos ha dado. Estará el señorío sobre Su hombro, y Su nombre será Consejero admirable, Dios fuerte, Siempre Padre, Príncipe de Paz” (Isaías 9, 5). Por su parte, el profeta Miqueas (s. VIII a. C.) predijo el nacimiento de Cristo, el Mesías, en Belén de Judea, demostrando también que Su linaje es eterno: “Mas tú, Belén Efratá, aunque eres la menor entre las familias de Judá, de ti me ha de salir aquel que ha de dominar en Israel, y cuyos orígenes son de antigüedad, desde los días de antaño” (Miqueas 5, 1).

El Santo Evangelista Juan, llamado también “el Teólogo” o “el Apóstol del amor”, abrumado por la grandeza del misterio del amor misericordioso de Cristo, dice que “tanto amó Dios al mundo, que dio a Su Hijo Único, para que quien crea en Él no muera, sino que tenga vida eterna (Juan 3, 16). De igual manera, San Pablo, “el Apóstol de las naciones”, desbordado por el santo estremecimiento que causa la admiración del amor de Dios para con el mundo, demostrado por Cristo Mismo, exclama: “Sin duda alguna, grande es el misterio de la piedad: Dios ha sido manifestado en la carne, justificado en el Espíritu, visto por los Angeles, proclamado a los pueblos, creído en el mundo, alzado a la gloria (I Timoteo 3, 16).

Siguiendo la fe de los Santos Apóstoles, los Santos Padres de la Iglesia, grandes preceptores del mundo y también jerarcas, venerables y testigos, himnógrafos y mélodos, no cesaron de exaltar el misterio del amor humilde e infinito de Dios por los hombres, amor que nos reveló Cristo. Por ejemplo, San Máximo el Confesor († 662) dice que “con Su excelso e infinito amor por el hombre, Dios se convirtió, en verdad y de forma tangible, en aquello que amaba” [1], es decir, en hombre. En otra parte, el mismo Santo Padre nos enseña que “el misterio de la Encarnación de la Palabra (de Dios) comprende en sí mismo todo el significado de los enigmas y símbolos de la Escritura, todo el sentido de los hechos visibles e invisibles. Quien conoce el misterio de la Cruz y el sepulcro de Cristo, conoce también el sentido de todos esos hechos. Ciertamente, aquel que entiende el sentido velado de la Resurrección, conoce también el motivo por el cual, desde el comienzo, Dios hizo todo lo que existe” [2].

Subrayando el inmenso valor de la Encarnación y el Nacimiento de Cristo como hombre, para entender el propósito primigenio y último del universo y la humanidad, San Máximo el Confesor precisa: “Cristo es el gran misterio que no se ve, el feliz propósito, el objetivo por el cual todo fue creado […]. Pensando en Él, Dios llamó a todo a la existencia. Porque fue por Cristo, por Su misterio, que han existido todos los siglos y todo lo en ellos acontecido. En Cristo, todo eso tiene su principio y su final. Esta unión fue decidida desde el inicio del mundo: la unión de lo que es finito con lo que es infinito, de lo que es medible con lo que es inconmensurable, de lo que tiene límites con lo que no los tiene, la unión del Creador con la criatura, de la quietud con el movimiento. Cuando vino el momento propicio, esta unión se hizo visible en Cristo, trayendo consigo la realización de los planes de Dios” [3].

De acuerdo con la Santa Escritura y las enseñanzas de los Santos Padres de la Iglesia, salvar o redimir al hombre significa sanarlo o librarlo del pecado y la muerte, para hacerlo partícipe de la vida eterna en el Reino de Dios. En este sentido, San Ireneo de Lyon († 202) nos habla del propósito de la Encarnación de Cristo: “Esta es la razón por la cual la Palabra de Dios se hizo carne y el Hijo de Dios, Hijo del Hombre: para que el hombre entrara en comunión con Cristo, Palabra de Dios, y, recibiendo ese prohijamiento, fuera hijo de Dios. No podemos, en verdad, participar de la inmortalidad sin tener un vínculo estrecho con Aquel que es Inmortal. ¿Cómo nos podríamos haber unido con la inmortalidad, si ella no se hubiera hecho lo que somos nosotros, para que el ser mortal fuera recibido en ella y nosotros fuéramos adoptados y llegáramos a ser hijos de Dios? [4].

Amados hijos e hijas espirituales.

El Hijo eterno de Dios, Jesucristo, se hizo portador de un cuerpo terrenal, para hacernos a nosotros, los hombresportadores del Espíritu Santo celestial. Él se hizo Hombre para deificarnos con la Gracia a nosotros, los hombres. El glorioso Hijo de Dios se hizo el humilde Hijo del Hombre, para enaltecer a los hombres a la dignidad y la honra de hijos espirituales de Dios, como dice el Santo Apóstol y Evangelista Juan, con las palabras: A todos los que lo reciben, a los que creen en Su nombre, les da el ser hijos de Dios; Él, que no nació ni de sangre ni de carne, ni por deseo de hombre sino de Dios” (Juan 1, 12-13).

Entonces, el Hijo eterno de Dios descendió de los cielos, fue concebido por obra del Espíritu Santo en el vientre de una humilde virgen de Nazaret, y nació en un modesto pesebre en Belén, en este mundo, para alzarnos con la Gracia a nosotros, los hombres, al Reino de los Cielos, a la intimidad del amor y la gloria de la Santísima Trinidad.

Ya que Jesucristo, como hombre, se humilló a Sí mismo y se hizo obediente ante Dios hasta llegar a la muerte en la cruz, Dios lo resucitó de entre los muertos y lo enalteció gloriosamente (cf. Filipenses 2, 8-9). Así, la humildad de Cristo, obediente hasta la muerte sacrificial en la madera de la cruz, redimió la desobedencia de Adán en el jardín del Paraíso y vino a otorgarles a los hombres, por medio de la resurrección, un amor humilde, la paz y una santa alegría, como un avance de la vida eterna en el Reino de Dios. Luego, el amor humilde de Cristo crucificado y resucitado torna la humildad de la vida terrenal y pasajera del hombre, en la gloria de la vida celestial, que no tiene fin (cf. Filipenses 3, 2). Con Su Encarnación, Cristo asumió la vida humana entremezclada con la muerte, para hacer que los hombres mortales participaran de Su vida eterna.

Dicho esto, solamente el amor humilde y sacrificial de Cristo crucificado y resucitado puede otorgarles a los hombres la vida eterna (I Corintios 15, 3-4, 12). Y, después de la resurrección general de todos los hombres, quienes hayan demostrado un amor humilde y misericordioso para con sus semejantes necesitados, recibirán de Cristo, el Justo Juez, la alegría y la gloria de la vida eterna en el Reino de Dios (cf. Mateo 25, 31-46).

La Santa Escritura del Nuevo Testamento nos enseña también que la Encarnación de Cristo demuestra la relación directa entre el Hijo de Dios y la creación, porque la Encarnación del Hijo de Dios era desde el principio el propósito de la creación del mundo (cf. Efesios 1, 4; 2 Timoteo 1, 9). “Todo fue hecho en Él, por Él y para Él (cf. Colosenses 1, 16). “Todo fue hecho por Él y sin Él nada se hizo. Cuanto ha sido hecho en Él es vida, y la vida es la luz de los hombres (Juan 1, 1-5). Entonces, Jesucristo vino al mundo para participarle a la humanidad Su amor humilde y miericordioso, dador de paz y gozo, como una muestra del amor eterno del Reino de Dios (cf. Romanos 14, 17).

Por esta razón, los cánticos litúrgicos ortodoxos de la festividad de la Natividad del Señor nos exhortan así: “Venid, oh fieles, a enaltecernos divinamente y a ver en verdad el divino descenso desde lo alto en Belén. Y, purificando nuestra mente con una vida sin mancha, presentemos, en vez de mirra, nuestras buenas acciones; preparémonos con fe para la fiesta de la Natividad, y exclamemos con los moradores del cielo: ¡Gloria en lo alto al Dios Trino, Quien reveló a los hombres Su buena voluntad salvando a Adán de la maldición original, por Su amor a los hombres!” [5].

Cristianos ortodoxos,

El 2020 fue para el Patriarcado Rumano, el “Año homenaje al trabajo pastoral con padres e hijos”, y el “Año conmemorativo de los filántropos ortodoxos rumanos”, teniendo como propósito cultivar la vida cristiana en las familias y promover la educación cristiana en la sociedad contemporánea, así como el impulso de la filantropía cristiana en la actualidad, como labor esencial en la actividad de la Iglesia. La familia, bendecida por Dios para cultivar el amor recíproco y la procreación, es una fuente de vida santa para cada pueblo y para la humanidad entera.

Conociendo los retos actuales que enfrenta la familia cristiana, es necesario reafirmarnos con fuerza en la santidad del matrimonio, la solidaridad en familia y entre familias, y en la dignidad de la maternidad, la paternidad, la filiación y la fraternidad, como dones del amor de Dios, que deben ser cultivados en comunión de amor y corresponsabilidad.

En el contexto de la actual pandemia, la humanidad confrontada con el nuevo coronavirus atraviesa un período difícil en lo que respecta a la vida y la salud de los hombres. También el pueblo rumano sufre de ese dolor y esa tristeza, porque muchos de nuestros connacionales han fallecido, y otros han padecido enormemente hasta que finalmente han sanado de dicha enfermedad. En consecuencia, se necesita de mucha oración, y de la solidaridad y el auxilio de todos como hermanos. En este sentido, exhortamos paternalmente a todos, para que acudan al auxilio de quienes se hallan en sufrimiento y en necesidad, para que socorran a las familias que viven entre carencias, a las familias con muchos hijos, a los ancianos y a las personas que viven solas, abatidas y tristes, ofreciéndoles una señal del amor misericordioso para con todos, un buen consejo y una buena acción.

La fiesta de la Natividad del Señor es un motivo para fortalecer la comunión, y una oportunidad para ayudarnos recíprocamente y practicar la caridad, que son frutos de la fe correcta y un testimonio de nuestro amor humilde hacia Dios y hacia nuestros semejantes.

La luz del Niño Jesús nacido en Belén nos llama a irradiar siempre a nuestro alrededor, con nuestras palabras y nuestros actos, muestras de esperanza, paz y alegría.

Al igual que en ocasiones anteriores, en el paso de un año al otro, es decir, en la noche del 31 de diciembre al 1 de enero de 2021, y en el primer día de Año Nuevo, elevemos oraciones de gratitud a Dios por todas las bondades recibidas de Él en el año 2020 que entonces habrá finalizado. Además, pidámosle Su auxilio para todo lo que hagamos, bueno y provechoso, en el año 2021. Recordemos también en nuestras oraciones a nuestros compatriotas que se hallan lejos de casa, en países vecinos o en otros más lejanos, para que podamos conservar, con mucho amor fraterno, la unidad de fe y de nación.

Con motivo de las Santas Fiestas del Nacimiento del Señor, el Año Nuevo y el Bautizo del Señor, les enviamos nuestras bendiciones paternales, nuestros votos por la salud y la salvación de todos, por que haya paz y regocijo, felicidad y un abundante auxilio de Dios en todo lo bueno que emprendamos, junto con el saludo tradicional: “¡Por muchos años!”.

“La gracia de Jesucristo, el Señor, el amor de Dios y la comunión del Espíritu Santo esté con todos vosotros” (II Corintios 13, 13).

Orando por ustedes ante nuestro Señor Jesucristo,

† Daniel
Patriarca de la Iglesia Ortodoxa Rumana

[1] San Máximo el Confesor, Ambigua, trad. Pr. Prof. Dumitru Stăniloae, Editura Institutului Biblic şi de Misiune a Bisericii Ortodoxe Române, Bucarest, 2006, p. 78.

[2] San Máximo el Confesor, Ambigua, P.G. 91, pp. 1285-1288, apud Daniel, Patriarhul Bisericii Ortodoxe Române, Comori ale Ortodoxiei, Editura TRINITAS, Iaşi, 2007, pp. 278-279.

[3] San Máximo el Confesor, Răspunsuri către Talasie, în Filocalia, vol. 3, Editura Institutului Biblic şi de Misiune al Bisericii Ortodoxe Române, Bucarest, 2013, p. 373.

[4] San Ireneo de Lyon, Contre les hérésies, trad. franceză de Adelin Rousseau, Les Éditions du Cerf, Paris, 1984, p. 47.

[5] Mineia del mes de diciembre, Horas Reales, Hora VI tono 1EIMBO, Bucarest, 2012, p. 415.