El primer examen de admisión

 

No conozco en este mundo un logro más grande que renunciar a ti mismo y llegar a ser libre; es vivir en la libertad del espíritu. “La Verdad os hará libres”, dice el Señor.

Traducción y adaptación: Jose David Menchu

La Cruz, atavío de la Iglesia, loa de Pablo, signo del Hijo del Hombre, señal de la Santa Cruz, sufrimiento nuestro de cada día, la cruz del dolor, el don de la Cruz... ¡tantos nombres relacionados con la Cruz! No obstante, la cruz más pesada es la renuncia a uno mismo. Sin esta no puedes ser libre, sin negarte a ti mismo: tal es el precio de la libertad.  Desarrollaremos a continuación en qué consiste este mandamiento y la primera condición para seguir a Cristo.

Ser cristiano significa mucho más que la pertenencia doctrinaria al cristianismo. Creer en Cristo va más allá de las simples palabras. He aquí en qué consiste salir de ti mismo para entrar en Él: es tener a Cristo en tu corazón, en hacerlo tu mismo corazón. Significa tener un momento, un instante de tu vida en el cual te has encontrado realmente con Jesús, y no te alcanzará la vida entera para hacer crecer ese momento entre los demás. Dicho de otra manera, esta es la señal de que eres un converso de Cristo y que has decidido dedicarte a Él de manera irrevocable. Toda tu vida futura no es más que el desarrollo de ese instante, esa decisión, cuya riqueza no se agota jamás.

En tanto no renuncies a ti mismo, serás como una fuente seca. Pero si renuncias a ti mismo y te dedicas a Jesús, Él te transformará en una fuente de agua viva. Solamente así puede el alma llegar alcanzarse a sí misma y alcanzarlo a Él —que es la Verdad—, negándose a sí misma y mudándose a Dios. No conozco en este mundo un logro más grande que renunciar a ti mismo y llegar a ser libre; es vivir en la libertad del espíritu. “La Verdad os hará libres”, dice el Señor. Luego, entendamos que sin pasar por este peaje de nuestro antiguo “yo”, permaneceríamos en la mentira, desgarrados por las ilusiones y aplastados por las ruedas de las necesidades inexorables, atrapados como entre tenazas. De todo esto nos libra solamente Jesús. ¿Cuándo ocurre esto? Cuando conocemos a Jesús como al corazón de nuestro corazón, como alma de nuestra alma. Y lo podemos conocer solamente en el amor y en el gozo que sentimos cuando renunciamos a nuestro “yo” y nos encontramos frente a frente con Él. Cuando nos decidimos a seguir a Jesús en el extenso viaje interior de vuelta al Padre, la Providencia Divina realiza paulatinamente ese deseo nuestro. Así es como sostenemos nuestro primer examen de admisión, el examen de la cruz.

(Traducido de: Părintele Arsenie Boca, Omul zidire de mare preț, Editura Credința strămoșească, p. 114-115)