“El Señor es mi luz y mi salvación, ¿a quién he de temer?”

 

Sin Dios, el hombre es como uno que se ha extraviado en el desierto, como un caminante a quien el desierto va engullendo poco a poco.

Amo de los caballos de fuerza de su vehículo, amo del control remoto del televisor —que lo hace ver lo que ocurre en el mundo en cualquier momento—, amo de toda clase de sofisticados armamentos, amo de la energía atómica… Con todo eso, el hombre parece decir que ha perdido el temor de Dios. ¿Qué es el temor de Dios?

—¿El temor de Dios? Es el amor a Dios. Amas a Dios, temiendo perderlo, porque fuera de Él no hay otro camino ni en esta vida ni en la vida futura. Sin Dios, el hombre es como uno que se ha extraviado en el desierto, como un caminante a quien el desierto va engullendo poco a poco. Sin Dios, el hombre es como una armadura vacía… “Desde que le temo a Dios, no le temo a nada más”, decía un Santo Padre, refiriéndose a un rey de la antigüedad.

(Traducido de: Adrian Alui GheorghePărintele Iustin și morala unei vieți câștigate, Editura Credința Strămoșească, p. 91)